miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lagrimas IV

Aquella fue la primera de las muchas veces que estuvimos juntos. Todos mis sueños se estaban haciendo realidad. Aun me estremezco al recordar ese primer día. La primera vez que nuestros cuerpos se vieron, se desearon y se unieron. A partir de ese momento nuestros mundos parecieron explotar para crear un nuevo universo en el que los dos éramos el eje. Cada vez que me alejaba de él, aunque fuera para ir al trabajo, notaba como el corazón protestaba y a él le pasaba lo mismo. Constantemente estábamos mandándonos mensajes contándonos lo que nos haríamos cuando nos viésemos. No podíamos estar alejados.

Ese tiempo con él fue un regalo que disfruté plenamente. No quería que nada cambiase. Deseaba que cada segundo que estábamos juntos fuera eterno o que el mundo desapareciera en ese instante para que nada pudiera alterar mis sentimientos por él. Pero los sueños siempre acaban desapareciendo dando paso a la realidad, tal vez por eso los sueños sólo pueden existir en el rincón que crea nuestra mente.

Desde hacía unos días que las cosas no seguían un cauce normal. Su actitud frente a mí había cambiado. No es que fuera en algo obvio, eran pequeños detalles. La frecuencia de sus llamadas había descendido vertiginosamente y los roces casuales empezaron a ser eso, casuales. Hasta en la cama parecía menos animado. No es que no fuera bien, iba muy bien pero era algo en sus ojos que me hizo sospechar que la bola de nieve había empezado a girar. Intenté hablar en un par de ocasiones pero infructuosamente. No sabía que hacer para que esto no acabara pero parecía que el fin de la relación como la conocía era inevitable.

Esta mañana sucedió algo que de no ser por mis sospechas no tendría importancia. Se marchó de casa sin besarme y de una forma apurada, y en toda la mañana no fui capaz de ponerme en contacto con él. Un simple mensaje en el móvil me informaba que iríamos a comer fuera y nada más. Mi corazón se iba encogiendo según se acercaba la hora. No estaba dispuesta a que todo desapareciera sin más, sin luchar por él y por mí.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Cariño

Le quiero. Es el amor de mi vida. Cada día me repito estas palabras como un mantra.

Sobre la cama aun siento el olor de su cuerpo. Mantengo los ojos cerrados y aspiro embriagándome de él. Disfruto de estos minutos de silencio y tranquilidad. Poco a poco me levanto y me dirijo hacia el baño. Dejo caer el camisón en el suelo y me introduzco en la ducha.

Abro el grifo y ese primer chorro fría me dice que estoy viva. El agua se va calentando lentamente y mi cuerpo lo agradece. Al cabo de 10 minutos ya estoy totalmente limpia pero sigo en la ducha 15 minutos más mientras recuerdo sus ojos. Le quiero y no me imagino mi vida sin él.

Cierro el grifo y dejo que el agua resbale por mi piel. El agua resbala por mi cara, por mis ojos... Agarro la toalla y antes de secarme la acerco a mi cara y la huelo mientras me seco despacio, explorándome. Una vez acabo recojo el camisón sucio del suelo y marcho desnuda a la habitación con la toalla envuelta en mi cabeza.

Me visto pensando en él, en qué le gustará más. Quiero que cuando llegue esté todo perfecto. Saco las sábanas de la cama y las llevo también a lavar. Antes de salir de la habitación me agacho a recoger un trozo de tela roto del suelo y camino hacia la cocina.

Veo la taza que usó para desayunar en la mesa de la cocina junto con la mermelada y las rebanadas de pan. Nunca se acuerda de guardar las cosas pero él es así, tiene muchas preocupaciones en la cabeza. Abro el saco de la basura y tiro lo que en su momento fue una prenda de ropa, dejo en la lavadora las sábanas, el camisón y la toalla y tras poner un programa largo aprieto el botón y suspiro. Le quiero más que a mi vida.

Tras tomar un pequeño desayuno me dispongo a limpiar la casa y recoger las cosas que están tiradas. Todos los días se rompe algo, eso es inevitable. Sólo es dinero, me digo cuando recojo los restos de una figura de porcelana. Él tampoco sabía que esa figura había sido un regalo de mi abuela ni que era importante para mí. Él siempre está muy ocupado para pensar en esas cosas.

Al cabo de unas horas la casa vuelve a estar limpia y todo en su sitio. Hoy no voy a bajar a hacer la compra, la gente siempre se mete en lo que no le importa y hace preguntas. Vuelvo a la cocina y tras mirar lo que hay en la nevera empiezo a hacer la comida.

Un gazpacho fresquito siempre le encantó y de segundo le haré una paella, tengo algo de marisco y sé que le gustará comerlo. Hoy me dirá que todo está rico pero quiero que así sea. Le quiero con todas mis fuerzas.

Cuando se acerca la hora de que llegue empiezo a estar inquieta. Reviso todo para que no haya ningún error. La mesa está puesta, el gazpacho enfriando, la paella en su punto... voy por la casa asegurándome que no haya nada fuera de lugar mientras me froto las manos. Él es un perfeccionista y por eso le quiero.

Por fin escucho como la llave se introduce en la cerradura y mi corazón se agita. Voy a recibirle y me miro en el espejo. Su sonrisa es perfecta y me mira con señal de aprobación. Parece que he acertado esta vez. Con suavidad me da un beso en la boca y pese al dolor se lo devuelvo. Me encanta como besa y también lo quiero por eso.

Mientras va al baño a asearse saco el gazpacho y lo sirvo. Me aseguro de que el arroz está aun en su punto, perfecto. Escucho los ruidos que hace y cuando lo siento andar hacia el comedor voy hacia allí con el primer plato. Él ya se ha sentado y me mira como le traigo la comida. Esa mirada siempre me puso nerviosa y me hace estremecer.

Tras servirle me siento. Él está encantado con ese primer plato y observo como lo prueba. Un suspiro de placer sale de su boca y yo empiezo a comer también. Me mira mientras intento sorber pero acabo usando la cuchara para que no se extrañe de nada. Bien, me encuentro bien. Yo también te quiero.

Tras recoger las tazas voy a la cocina a por el segundo plato. La paella huele de maravilla y está en su punto. La sirvo lentamente para que la presentación sea perfecta. Va a estar muy feliz. Cuando llego al comedor él ya se ha bebido un par de vasos de vino, odia esperar a que le sirvan.

Sus ojos vuelven a iluminarse cuando ve la paella. Siempre ha sido su plato preferido. Entonces empieza a mirar alrededor buscando algo mientras yo me vuelvo a sentar. ¡El pan!, ¡me olvidé del pan! Me levanto intentando disculparme mientras le digo que hay pan de molde, pero a él no le gusta ese pan. Me ofrezco a ir a buscar el pan abajo pero ya no lo quiere.

Coge el plato y lo arroja al suelo mientras yo lloro pidiéndole disculpas. No me quiere oír llorar y se levanta. Yo intento volver a la cocina pero sus manos se cierran en mis cabellos. Siento como mi cuerpo deja de responderme mientras me lanza contra el suelo. Un suelo que tantas veces he limpiado de sangre. Las primeras patadas vuelven a romperme las costillas mientras me repite que no me puedo olvidar del pan. Yo le quiero hablar, pedirle perdón, decirle que nunca más lo volveré a hacer y que lo quiero más que a mi vida.

Su pie se levanta sobre mi cabeza y escucho como una nuez se rompe a mi alrededor. Luego el silencio. Le veo moverse mientras sigue gritando. Al cabo de unos minutos se calma y vuelve a mi lado. Yo quisiera levantarme y decirle que gracias a él yo conocí la felicidad. Pero ya no podré. Mi amor me ha matado por no querer ver que nunca me amó.

Por desgracia un nuevo fin.

martes, 23 de diciembre de 2008

Lágrimas III

Pese a pertenecer ambos a mundos diferentes y situaciones diferentes teníamos algo en común: los dos adorábamos el cine. Hoy en día las cosas no son tan sencillas como antes. La gente se retrae mucho más a la hora de entablar conversaciones con gente desconocida. Soy una persona muy fisonomista y cuando una acostumbra a ir sola a los sitios te da tiempo de fijarte en la gente. Con el aumento de las salas de cine la gente ya no hace largas colas para pedir entradas pero pese a todo siempre hay tiempo de analizar a las personas. Las parejas de enamorados que lanzan caricias furtivas creyendo que nadie las ve; niños que han decidido que la mejor forma de pasar un cumpleaños es yendo al cine para el martirio de los padres; jóvenes que discuten sobre cual película van a ver; y lobos solitarios que como yo intentamos ocultarnos en la penumbra para olvidarnos de nuestra vida. Uno de esos lobos era él.

Ya lo había visto en varias ocasiones. Su aspecto descuidado pero impecable y la mirada lánguida habían creado en mi un deseo por conocerlo, y había empezado a formar parte de mis sueños más íntimos. Algún día intenté forzar la situación por conocer su voz y acabé transformando el ir al cine en una forma de peregrinación para verlo. Los dos íbamos siempre a la última sesión del sábado y solía esperar a ver que película cogía para acompañarlo. Después de tantos años acudiendo al cine me había grajeado la amistad de las chicas de la taquilla y me solían dar una butaca cercana a él.

Tantas coincidencias acabaron haciendo que él también se fijara en mí. Un día se me acercó y antes de que supiera lo que estaba haciendo estábamos los dos juntos tomando una copa y comentando nuestras vidas después de la sesión. Su voz era tan sensual como había imaginado y me tenía que forzar para apartar la mirada de su boca. Acabamos concertando citas para ir juntos a ver las películas y después de varias semanas conociéndonos me invitó a ver algo en su casa. Y acudí.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Lágrimas II

Tenía previsto que el día siguiera la rutina habitual de todos los días. Nada de imprevistos que pudieran retrasarme o sorprenderme, pero es evidente que las cosas nunca salen como queremos. La mañana había sido como todas: casa – trabajo, trabajo – casa. En el trabajo tampoco sucedió nada diferente a los demás días. Las caras de siempre, las llamadas telefónicas habituales y la montaña papeles que se empeñaba en ir creciendo lentamente. Y, como todas las mañanas, antes de salir me llamó para decirme que hoy tampoco podría venir a comer. Me gustan esos pequeños detalles dentro de una relación. Él nunca puede venir a comer. Mejor dicho, no le compensa cruzar la ciudad para comer a duras penas y luego llegar tarde a trabajar, aunque alguna que otra vez ha venido simplemente para darme un beso y volverse a ir sin haber probado más alimento que mis labios. Es un hombre encantador.

Nos conocimos hace unos años. Yo salía de una relación in tempestuosa y él de un matrimonio abocado al fracaso desde el principio. En mi caso la culpa había sido mía. No se puede iniciar una relación basándose en la pena. Mi antigua pareja era el típico hombre “sin”: Sin valor, sin aspiraciones, sin objetivos, sin detalles, sin personalidad, sin cariño, sin pasión, sin amor... y un sinfín de pequeñas cosas. Puede que fuera por eso por lo que había salido con él, por lástima. Desde el primer día sabía que todo iba a acabar mal pero me mentí. Estuvimos cinco años. Cinco años de celos, discusiones y malos modos. En todo ese tiempo pocos momentos buenos hubo y eso me acabó destrozando. Lo más triste es que pese a eso nunca tuve la necesidad de llorar. Tal vez porque siempre supe como íbamos a acabar. Una vez nos separamos empezaron sus llamadas y lamentaciones continuas. Tal vez lo penoso de su actitud fue lo que me hizo ser más dura y acabé rompiendo todos los vínculos que podían quedarnos. Durante unos meses evité el salir por la noche para no tener que verlo y finalmente pareció darse cuenta de mi actitud y cesó con su acoso.

En su caso su matrimonio fue distinto. Eran la pareja perfecta. Los dos habían sido dos jóvenes triunfadores y luchadores que habían conseguido todo por sus propios medios. Ambos tenían buenos trabajos y disponían de suficiente tiempo libre para dedicarlo a los amigos o a sus aficiones, y los dos eran guapos y atractivos. Bien podrían haber sido la portada de cualquier revista. Su vida estaba perfectamente programada. No compraron la casa hasta tener empleos fijos. No se fueron a vivir juntos hasta tener perfectamente amueblada la casa. Y no se casaron hasta que se dieron cuenta que era el siguiente paso que les quedaba por dar. Y esa programación fue la que los hundió. Ya estaban introducidos en una rutina laboral y personal de la que no podían salir. Esa presión social fue la que les hizo dar ese paso porque era lo correcto pero ya no había ni amor ni cariño. Eran los barcos que habían navegado a la par mucho tiempo pero ya hacía años que habían tomado destinos opuestos. No se querían ni se amaban sólo mantenían la ilusión a los ojos ajenos. La vida personal era tan fría como sus camas. Y al cabo de 5 años tomaron la decisión de disolver el matrimonio como quién disuelve una sociedad. Todo estaba perfectamente estipulado y los abogados trabajaron como perfectos neurocirujanos en el reparto de los bienes. No hubo un ápice de sentimientos en ningún momento de esas vidas. Y ambos siguieron haciendo lo que mejor sabían hacer: trabajar.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Llueve

Esta mañana el cielo se haya totalmente cubierto por las nubes. El aire, impregnado por el olor a ozono, avisa de la tormenta. Los primeros relámpagos rompen la tenue oscuridad del día como preámbulo a la lluvia. Hoy es uno de esos días tristes para los demás.

Salgo a pasear. Me encantan estos días para observar a la ciudad ralentizarse. La gente desaparece de las calles, salvo algún que otro apurado viandante buscando refugio. El tráfico de vehículos va en aumento mientras disminuye a un ritmo mayor el número de peatones. Aparecen como hongos en otoño los primeros paraguas. Las gotas marcan al caer un ritmo de repiqueteo en las aceras.

Me dirijo al parque. En el sólo quedan las jóvenes parejas a los que las inclemencias del tiempo no apagan su llama. Elijo un banco un poco apartado aunque sería igual, están todos libres. A mí alrededor se puede apreciar los restos de un bullicio de gente que se hallaba en este mismo lugar unos instantes antes de la tormenta.

Otro relámpago cruza el cielo de la ciudad. La tormenta se hace cada vez más intensa. Justo encima de mí la copa de un árbol me protege del ímpetu de la lluvia. A lo lejos, bajo la cortina de agua, observo una silueta avanzar lentamente, sin prisa. Según se va acercando a mi posición la distingo perfectamente, es una mujer. Se haya completamente mojada pero parece disfrutar con ello. Me sonríe con complicidad, somos dos locos en medio de una tormenta.

Se acerca al banco en el que me hallo y se sienta a mi lado. Los dos en silencio observamos como los árboles van cobrando vida a nuestro alrededor.

Un nuevo relámpago restalla muy cerca. Escucho un pequeño gemido de sorpresa. Se acerca a mí. Su cabeza se apoya con suavidad sobre mi hombro al tiempo que entorna levemente sus ojos. Un aire dulzón que emana su pelo embriaga mis sentidos. Nos miramos. Nuestras cabezas se van acercando hasta rozar nuestras mejillas en una caricia sensual. Nos estremecemos. Sus manos se deslizan por mi espalda mientras el abrazo nos funde el uno al otro.

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Un trueno se oye a lo lejos al tiempo que las gotas se van haciendo cada vez más esporádicas. La tormenta ha pasado. Nuestros labios se juntan en un adiós con la última gota de lluvia.

Con suerte mañana lloverá.

Otra historia de mi tierra

Hay muchos sitios encantados y llenos de misterios. Muchos de ellos no dejan de ser más que leyendas que la gente de lugar acrecienta con el fin de conseguir visitantes o gente dispuesta a un rato de conversación. En cada pueblo hay un lugar de esos, un rincón donde la magia aparece. Hay lugares que guardan en su interior la lujuria y el desenfreno en camas de piedra que hacen que quién se acueste se quede embarazada. Esta es una leyenda y como tal puede que alguna vez fuera real o simplemente lo haya sido en la mente del narrador.

En un lugar donde la tierra se acaba hay un monte. En lo alto de este monte unas piedras sagradas. Un lugar perfecto para contemplar una vista maravillosa del mar. No hace mucho tiempo este rincón se hallaba escondido entre columnas arbóreas. Era un lugar perfecto para parejas que querían un poco de intimidad y un lugar donde poder dar rienda a su imaginación.

La persona que pasease por las cercanías, en los momentos en los que el Sol busca refugio más allá del horizonte, podría escuchar entre los trinos de los pájaros las voces de la felicidad y de la alegría. Todas las mañanas en el lugar de la cama de piedra se podían observar los restos de esas algarabías. Era uno de esos rincones guardados a voces por la gente que quería tener su momento mágico.

El conjunto megalítico reunía todos los requisitos para una velada. Resguardada de la brisa una pequeña cueva, creada en la oquedad de las piedras, con los restos añejos de múltiples hogueras. A la salida de la misma la cama de piedra. Una cama en la que se puede ver la forma de una silueta humana. Un lugar donde multitud de cuerpos han querido probar la calidez de la misma.

Una noche en la que el firmamento estaba mostrándonos su majestuosidad y su brillo, una pareja inició la subida entre arrumacos hacia el mágico lugar con el fin de consagrar su unión en tan idílico paraje. Habían dispuesto que esa fuera una noche especial. La noche en la que su amor quedara grabado. Todo estaba de su parte y la noche era la perfecta. Ese día el Sol había demostrado su generosidad y la magia de la noche de San Juan se comprometía a hacer el resto.

Con el fin de que el calor de sus cuerpos no se viera mermado habían encendido una pequeña fogata. Las sombras de sus cuerpos parecían danzar con el brillo de las ascuas. Los besos dieron paso a las caricias y el calor dio lugar a la desnudez. Sus cuerpos se acoplaron sobre la piedra y el calor de ambos se unió al de la noche. Durante unos instantes el mundo se detuvo para ellos. Sus ojos reflejaron su amor y el deseo de que eso durara eternamente.

Por la mañana, las primeras personas que se acercaron al lugar, se encontraron las prendas de ambos en el suelo y los rescoldos de las cenizas aun calientes. Nadie supo nada más de ellos y sus familias lloraron amargamente. Hubo quién dijo que habían huido pero ¿quién se iría dejando toda la ropa? Otros hablaron de suicidio pero nunca se encontraron restos. A los pocos meses el fuego arrasó el monte dejando al descubierto las piedras. Algunos jóvenes amantes que yacieron con posterioridad en el lugar afirmaron que en el manto de la noche y con el cielo en su plenitud escucharon el susurro de unas palabras de amor dichas para la eternidad.

martes, 16 de diciembre de 2008

Un principio, varios finales: 3º

Sus uñas acarician mi piel y siento como se hunden mientras ella gime de placer. Abro los ojos para ver como se estremece, como se contrae con cada espasmo. Cada sonido que emite hace que mi cuerpo se estremezca y alcance el clímax cuando ella lleva un rato disfrutándolo. La atraigo hacia mí con cada empuje y todo se detiene.

Nuestras respiraciones empiezan a recuperar poco a poco su ritmo normal mientras nuestras bocas se buscan hambrientas. Nuestros cuerpos resbalan bañados en sudor mientras nos abrazamos, mientras nos deseamos. Las arremetidas de antes dan paso a suaves caricias, a susurros, a besos de complacencia. La observo extenuada y preciosa. Sus ojos se posan sobre los míos y un escalofrío me recorre al notar amor en ellos.

Yo sólo quería sexo.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Un principio, varios finales: 2º

Sus uñas acarician mi piel y siento como se hunden. Poco a poco me arranca la piel dejándome desnuda. Lo mejor de mí aparece ante sus ojos llenos de deseo. Su boca se llena de saliva y se relame deseándome. Mis hermanas me miran desconsoladas pero alguna tenía que ser la primera.

Con sus dedos me rompe y sólo puedo humedecerle con mi esencia. Abre la boca y parte de mí se introduce en su interior. Aterrada lo escucho como me exprime y me traga. Ojalá tuviera yo boca para poder gritarle. Unas pequeñas lágrimas resbalan entre sus dedos mientras me despido de la familia aunque sé que en unos días ninguna seguirá viviendo. Todas desapareceremos entre sus dientes.

Es triste nacer siendo una mandarina.

Un principio, varios finales: 1º

Sus uñas acarician mi piel y siento como se hunden. Grito de dolor al notar como mi piel se desgarra. Todas mis terminaciones nerviosas protestan cuando vuelve a golpear con furia la piel que estaba pegada a la espalda arrancándola. Quisiera poderme mover y gritarle pero mi cabeza permanece hundida en la tierra y mis brazos inertes.

Un trozo de mi muslo se desprende con un chasquido y escucho el gruñido de placer que emite cuando lo mastica. Otro empieza a sacudir mi brazo que empieza a ceder a sus tirones. Mi hombro poco aguantará. Por dentro lloro, por dentro grito, por dentro suplico porque todo acabe. Nunca imaginé que mi final fuera a ser este, devorado por unos tigres. En el fondo quiero reírme porque antes de caer y romperme el cuello lo último que leí fue el cartel de prohibido dar de comer a los animales.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Dos vidas perfectas

Otra vez suena el despertador. Cada semana la misma historia. Tengo que hablar muy seriamente con la gente del trabajo, uno se cansa de que esté fuera semana sí semana no. Sé que desde que encontró esto no nos ha vuelta a faltar de nada y aun encima gracias a ello nuestra relación ha mejorado muchísimo. Antes la situación en casa era insoportable, tantas discusiones, tantas tiranteces, tantos gritos. Hasta los niños han notado el cambio de una forma positiva. Tal vez ahora tengan menos a su padre en casa pero tienen un padre. Antes tenían a un monstruo horrible. Sí, hemos ganado mucho.

Hasta nuestra vida sexual ha notado esa mejoría. La rutina y el aburrimiento hacían que hasta me diera asco el que me tocase. Ahora deseo que acabe pronto la semana para que él vuelva y me posea una y otra vez. Parece que hemos vuelto a la adolescencia. Me vuelve a besar como me besaba antes y me hace estremecer con cada caricia furtiva. Buscamos cada instante a solas para tocarnos y los escarceos en cualquier sitio me apetecen. El otro día no le dejé escapar del ascensor sin que me penetrase, apenas lo hizo y me sentí marchar a ese lugar que sólo conoce la gente que vivió plenamente un éxtasis igual.

Como cada lunes él me llamará para que desayunemos juntos mientras espero en la cama aun caliente e impregnada de su olor y de sus fluidos. Luego irá a darle un beso a nuestros dos hijos y volverá a besarme con pasión nuevamente. Luego cogerá su equipaje y volveré a contar los minutos que faltan hasta que vuelva a verle. ¡Le quiero tanto!

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Por fin escucho ese sonido que hace que mi corazón se acelere. La forma de abrir la puerta es inconfundible. Me imagino a él asomando esa sonrisa que me hizo enloquecer hace unos años. Como cada vez que vuelve cierra la puerta y deja la maleta. Pese a saber que le he escuchado él intenta no hacer ruido, es como un niño pequeño. Lo noto tras de mí y me abraza por la espalda buscando con sus labios mi cuello. Casi se me caen los platos que estaba fregando. Mis piernas flaquean y lo desean dentro de ellas. Aun hoy no me explico la suerte que he tenido encontrando a un hombre tan maravilloso y que me quiere tanto como yo a él. Me giro para corresponderle con otro beso. Mi boca lo deseaba desde el mismo momento que lo vi. A duras penas la ropa aguantó en nuestro cuerpo los envites de nuestras manos buscando la calidez. Y como si no hubiera pasado ni un solo instante desde la última vez volvimos a yacer en la cama toda la noche.

Otra semana más de luna de miel, otra semana más a su lado. Esta semana tenemos bastante trabajo y esas horas que estamos juntos las tenemos que aprovechar al máximo. Para no perder tiempo yo ya he ido buscando todos los catálogos de las cosas que me gustan para que él me dé su opinión. La habitación del niño ya está lista y pintada y sólo nos queda comprar los muebles y la cuna. Cuando le dije a mi madre que iba a tener un hijo ella casi se muere del susto, yo, que era de esas que nunca tendrían hijos. Claro que de aquella yo no le había conocido a él.

Aun me acuerdo de la primera vez que observé esa sonrisa tan maravillosa que me hizo sentir el centro del universo. Las palabras que me dijo a continuación ya no tenían sentido, estaba enamorada y sabía que mi vida no tendría ningún sentido fuera de su lado. A los pocos meses estábamos casados y el bebé tampoco se hizo esperar demasiado, en dos meses cumpliremos nuestro tercer aniversario y si las cuentas van bien por esas fechas nacerá nuestro hijo. Todo nos sale como en un cuento de hadas, sólo tengo una pega, su trabajo. No debieran de permitir esos trabajos en los que los maridos abandonan su hogar más de unas horas. Odio los lunes con todas mis fuerzas, aunque no todos, sólo los de las semanas impares. Deseo que nunca lleguen porque sé que él se irá. Cada vez que sucede me digo que es por su trabajo y que todo irá bien, que no son más que siete días y que cada día él me llamará dos veces, las que le permiten en la empresa. Y como cada lunes que eso sucede estoy feliz pero cuando él se vaya lloraré por no tenerlo a mi lado. ¡Le quiero tanto!

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..... Y mientras él, y como cada semana, continuará con su mundo de mentiras mientras piensa en lo afortunado que es teniendo a dos mujeres que lo adoran.

martes, 9 de diciembre de 2008

Mi lugar

La superficie vuelve a ondular. Ahora son cada vez más espaciadas y ya no suspira. Al caer otra se da cuenta de las maravillosas ondas que crean sobre el agua sus lágrimas. Siempre consideró que el mejor lugar para poder desahogarse era un buen baño. Nunca permitía que sus sentimientos aflorasen en público y tampoco le gustaba llorar en el dormitorio. No está bien llevar las penas a la cama, siempre te levantarías entristecida por haber dormido sobre la pena. Su lugar es la bañera.

Lo descubrió hace años, después de que sus padres la hubieran reprendido por haber estado con un chico. Ella no había hecho nada malo, sólo había cometido el error de comentárselo a su padre. No llegó a pegarle pero las palabras que le dijo fueron peores que cualquier tortazo. Antes de la discusión ya había preparado una bañera muy caliente para relajarse después de las emociones de ese día y cuando se metió en el agua caliente todo el rencor y el resentimiento que tenía dentro empezó a manar. Se sentó con medio cuerpo sumergido y apoyándose las manos sobre la cara y dejó que todo fluyera. La sensación del vapor sobre la cara y del calor en el cuerpo le hizo perder la conciencia de cuanto tiempo llevaba llorando, pero cuando acabó el agua empezaba a estar tibia. Volvió a abrir el grifo del agua caliente y se sumergió completamente. El ruido del agua llenando la bañera zumbaba en sus oídos. Los sonidos se amplificaron bajo el agua mientras aguantaba la respiración. Por un momento pensó en quedarse ahí pero se dio cuenta que ya no estaba triste. Esa fue también su primera vez.

Desde aquel día volvió a haber muchos más. Había encontrado su refugio y su descarga para los sentimientos. Aunque hacía ya años que no lo había vuelto a usar de esa forma. No había tenido motivos y nada le había hecho sentirse de esa forma y con tantas ganas de llorar, hasta hoy.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Una historia de mi tierra: 3ª parte

Desde pequeño que he oído hablar de la Santa Compaña y de la forma de defenderse de ella si te aparece. Cualquier persona de mi edad sabría como hacer el círculo de protección para que te dejasen en paz y no hacer caso a nada de lo que oyeses esa noche, la forma de arrodillarse, rezar el rosario y el signo de la fija... Parece que Javier supo hacerlo pero María se encontró portando la cruz y guiando a las almas hacia una nueva víctima. Tampoco la gente cree en milagros y se empeña en buscar explicación a todo.

Al cabo de una semana en el pueblo hubo dos sucesos que, como la balanza de la justicia, guardaban a su vez la alegría y el dolor. La desaparición de Javier fue achacada a múltiples excusas. Según unos se había ido a la ciudad para olvidar a María, según otros la desesperación lo había hecho suicidarse, pero todos los rumores fueron acallados cuando de la capital nos llegaron noticias de que María se había recuperado milagrosamente, aunque que no recordaba nada de lo sucedido hasta entonces. Una sombra de dolor cruzó en ese momento mi pecho. Yo sabía que es lo que había pasado y que es lo que había obrado el milagro. Javier, hundido por no haber sabido defender a María, hizo lo que cualquier amante por su querida. Aquella misma tarde que yo escuché su confesión él se marchó hacia el mismo lugar por donde había pasado la Santa Compaña con el fin de convocarla o de encontrarse con ella. Al parecer tuvo la desgracia de hacerlo e intercambió el puesto de María por él. Con el fin de que nadie lo encontrase suplicó para que no sólo su alma viajase con ellos en su peregrinar maldito, sino que su cuerpo también fuera. Y las almas accedieron.

Por suerte María no recordaba nada de lo que había sucedido. Su cabeza pareció borrar todos los hechos hasta el punto de no recordar siquiera que se iba a casar. Su mente pareció descender a los umbrales de su infancia transformándola en una niña en el cuerpo de una mujer. Al cabo de un año de volver al pueblo el párroco me pidió que le ayudase para que ella empezase a hacer mi trabajo así yo tendría una ayudante y ella no estaría sola. Me transforme en su maestro y su protector.

Hoy en día, cuando la gente la ve se toca la sien con el dedo índice y a mí me entran ganas de gritarles, pero me limito a acercarme a ella en silencio para echarle una mano en sus tareas. También la crueldad de la gente hizo borrar de la memoria al desdichado Javier, silenciado en un mar de mentiras creadas a su alrededor. Hoy María vive tranquila sin sus recuerdos pero de vez en cuando, al acompañarla a su casa, me hace dar un rodeo para pasar por un claro que hay en el bosque y la veo mirar a la lontananza. Una vez la vi llorar al ver unas luces más allá del horizonte y yo lloré con ella.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Una historia de mi tierra: 2ª parte

Les faltaba menos de dos meses para casarse cuando todo sucedió. Una noche escuchamos los gritos de Javier y salimos casi todos a la plaza. Tenía el cuerpo de María inerte entre sus brazos. Al principio creímos que estaba muerta pero luego comprobamos que aun respiraba. Javier no paraba de repetir que ellos se la habían llevado. ¿Qué quién se la llevó? Bueno, para eso hay que llegar al final. Esa noche no conseguimos arrancar de él más que esas palabras. Cuando el médico salió de casa de María nos comentó que era algo que nunca había visto. Físicamente estaba perfecta pero tendrían que llevársela a la capital para hacerle pruebas.

Las dos familias estaban destrozadas y los demás sólo podíamos suponer conjeturas. Ya sabes que el los pueblos las verdades no van muy lejos pero las mentiras recorren todas las distancias. Hubo quién dijo que él la había pegado porque descubrió que ella le engañaba, otros dijeron que fueron las drogas o que si ella abortó y se quedó así. Paparruchas, nadie que los hubiese conocido podría afirmar esas sandeces. Otros dijeron que le habían echado el mal de ojo, no es que no crea en él pero, ¿quién sería capaz de hacerle daño a esos chicos? Creo que la única persona que llegó a enterarse de algo fue el párroco. El párroco y yo.

Por entonces yo trabajaba en la iglesia. No es que hiciera gran cosa pero tampoco me faltaba el trabajo. Entre arreglar las jardineras, limpiar el suelo y los altares, acondicionar la sacristía y ayudar en el cementerio el trabajo no faltaba. Normalmente yo aprovechaba los descansos entre misas o cuando la iglesia estaba con menos gente para limpiar por dentro. En todos los años que trabajé allí nunca me enteré de nada de lo que la gente le comentaba al párroco en el confesionario, yo no era de esas personas deseosas por saber los pecados de los demás, bastante tenía con mis propios problemas. Más cuando escuché la voz de Javier gritando en el confesionario me acerqué y espié por primera y última vez.

Normalmente la gente cuando se confiesa susurra las palabras como si temiese que el mundo se enterara de sus penurias y maldades. Javier, en cambio, estaba hablando como si se encontrase al aire libre deseando soltar la carga que lleva dentro de él. Javier estaba culpándose del estado de María y lloraba por no haber hecho nada para evitar el dolor que ella estaba sufriendo. Las palabras del párroco no llegaba a escucharlas pero no era necesario. Javier empezó a llorar y golpeándose en el pecho aseguraba que él podía haber hecho algo más pero que su miedo se lo había impedido. No quería que María siguiera sufriendo y que él era la única persona capaz de acabar con su pena. Él había visto todo pero fue su cobardía la que le hizo refugiarse y no luchar por ella. Decía que les había visto llegar igual que ella y se refugió dejándola a su merced. Ella no tuvo elección y tuvo que acompañarlos pero justo antes de marchar le dijo que le quería y que la recordase siempre. Luego no volvió a mirar atrás y él se quedó con su cuerpo inerte entre sus brazos. Escucho entonces como el llanto de Javier sale del fondo de su alma y grita unas palabras que aun guardo en mi interior: “¡Ella está con la Santa Compaña y la dejé marchar!”.

Acto seguido Javier salió de la iglesia corriendo y no lo volvimos a ver más. Yo estaba deseoso de preguntarle al párroco por esa confesión pero eso sería como el reconocer mi pecado. Hoy en día los jóvenes no creéis en nada pero todas las leyendas guardan en su interior la verdad. Precisamente el poder de ellas reside en que hoy nadie cree en ellas.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Una historia de mi tierra: 1ª parte

Esta es la típica historia que nunca crees porque siempre es mejor no creer. Hace mucho tiempo, cuando aun era joven. Las desapariciones de jóvenes en busca de mejor fortuna eran muy habituales en el pueblo. Un día se iba uno a la capital, otra semana se marchaba otro. Un goteo de sangre, de nuestra sangre, que iba matando poco a poco a todos los que quedábamos. Algunas veces eran idas anunciadas otras surgía de improviso. Siempre se conocía a alguien que estaba trabajando en un lugar mejor y, que si uno quería mejorar o buscar un futuro, era la única elección.

Esa búsqueda de mejor fortuna fue lo que acabó destruyendo los pueblos. Los jóvenes se marchaban y los viejos se limitaban a ver pasar los días antes de morir de tristeza o de soledad. Raras veces sucedía que alguno volvía y por ser algo tan excepcional siempre le echábamos la culpa a la falta de ambición o al fracaso laboral. Nosotros mismos fomentábamos esa desertización. A decir verdad, creo que en toda mi vida sólo volvieron al pueblo poco más de una docena de muchachos. Unos auténticos inútiles que no servían ni para aguantar el ganado, decían los lugareños. Ellos y María.

Todavía la puedes ver si te apuras. Está en la iglesia barriendo y arreglando las flores. Es una mujer encantadora y muy atenta en las cosas que conciernen a los santos. Tampoco creo que sirva para nada más. Fue una suerte que el párroco le ayudara, sobre todo después de lo que sucedió.

No creas que ella fue siempre así. Hace años era una de las mejores mozas de toda la parroquia. Todos los chicos queríamos estar con ella, en todos los sentidos, pero ella siempre se hizo respetar. Tenía un novio formal, el hijo del abogado. Era un muchacho muy despierto e inteligente. Nunca le importaba ayudar o mancharse las manos. Todo el mundo lo adoraba y lo envidiaba, no sólo por el hecho de estar saliendo con María, sino porque parecía que todas las virtudes humanas se habían juntado en él. Físicamente era un portento. No recuerdo que su equipo de fútbol hubiese perdido un partido con él en el campo. Y no ya por su valía, era también por su forma de contagiar la euforia y la alegría a todos. Todos nos acordamos de un partido en el que iban perdiendo por cinco goles y a falta de un cuarto de hora todos escuchábamos su voz en el campo diciendo que aún se podía ganar el partido y casi lo conseguimos, empatamos a cinco y lo festejamos como si hubiésemos ganado la copa del mundo. Javier era excepcional. Eran la pareja perfecta.

¿Conoces esa frase de que la felicidad nunca es completa? Pues créetela, es verdad.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Amiga

Estaba sentada a mi lado con los ojos llenos de lágrimas que se resistían a salir. No sabía como seguir ni sí merecía la pena pero buscaba en mí una señal de aprobación, un consejo. Le abrazo suavemente mientras la atraigo hacia mi cuerpo y ella se acurruca como si de una niña pequeña se tratase. Acaricio dulcemente su pelo impregnándome de su olor mientras observo como el ser más maravilloso se haya entre mis brazos. Siempre la he querido.

La primera vez que la vi se hallaba tan perdida como yo entre una multitud. Nuestras miradas se cruzaron y en ese momento supimos que habíamos conectado. A partir de ese momento la línea de nuestras vidas fueron paralelas, y ese fue el problema. Un amor extraño crecía entre nosotros. No podíamos vivir separados pero sin embargo lo estábamos. Nos queríamos, nos conocíamos perfectamente, sabíamos lo que nos gustaba y lo que nos hacía falta, nos deseábamos con una pasión oculta,.... pero..... había algo en todo este tiempo que siempre nos había detenido y nos ataba: no queríamos perder lo que teníamos, la amistad.

En todos estos años nunca nos habíamos planteado nada. Las ocasiones que habíamos tenido eran múltiples, excursiones juntos, viajes, noches en vela. Pero siempre había prevalecido la amistad. Hasta nuestras parejas lo sabían y lo habían aceptado. Pero eso había sido cuando todo funcionaba.

Hace un tiempo que a ella las cosas no le van todo lo bien que quisiera en su relación. Por decirlo de una manera suave, su matrimonio era un desastre. Yo sabía lo de las noches en vela. Yo sabía lo de sus lágrimas cuando él no le hacía caso. Yo sabía que hacía mucho que ella no sentía nada. Yo sabía que su amor por su marido hacía tiempo que había desaparecido. Y yo sabía que la culpa no había sido de ella, pero esto no se lo podía decir. Ella necesitaba de mí lo que yo había necesitado de ella cuando yo había tenido “mis” problemas. Ella me había ayudado a superar esos momentos donde piensas que nada merece la pena y que tal vez los problemas desaparecerían sin mí. Ella me ayudó a creer en mí. Ella me ayudó a darme cuenta que mi mujer no se merecía lo que le estaba haciendo con mi indeferencia. Ella nos volvió a unir y eso no puedo hacerlo yo con ella. Todo sería mejor si no supiese que su marido ya no la quiere y que mantiene otra relación. Todo sería mejor si cuando yo me enteré de todo se lo hubiera dicho, pero entonces fui un cobarde y ahora sólo puedo escucharle, quererle e intentar ayudarle, pero la quiero. Odio la amistad pues ella me impide amar a quien más quiero, mi único consuelo es su felicidad.

Ella escucha mis palabras con atención. Ella comprende que su vida, tal y como la conoce, ya no puede seguir. Se da cuenta que lo más importante en este mundo tiene que ser ella y que por ella tiene que luchar. El brillo vuelve a sus ojos cuando se levanta. Me entiende y sabe que tengo razón. Me abraza y sin darse cuenta de lo que está haciendo me besa. Mi cuerpo se estremece. No sé que hacer y le beso. Durante unos segundos el universo no existe y luego una luz cruza nuestros cuerpos. Nos separamos lentamente y me susurra, “gracias”. Ella es mi amiga pero hoy hay algo que se ha perdido en esa amistad. Esa noche sé que lloraré.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sola

Una puerta sigue entornada en mi interior, esperando. La vida no ha sido justa conmigo. Es irónico que, pese a todas esas trabas, yo nunca he perdido la esperanza de que tarde o temprano aparecería la persona indicada capaz de ver lo que hay al otro lado de esa puerta.

No es que mi actitud fuera defensiva o que tratase con acritud a la gente que intentaba acercarse a mí. No, no es eso. Lo que pasa es que con los años vas pidiendo algo más a la vida que una cama caliente con unas caricias acertadas. El tiempo nos vuelve exigentes y eso hace que el camino a la puerta se vuelva más pronunciado y peligroso. Muchos intentaron llegar a ella pero todos se quedaron en meros acercamientos.

La gente me cree insensible pero el problema es que nadie se ha molestado en conocerme. Se sorprenderían si me viesen conmover con una simple rosa o un mero gesto desinteresado, aunque ese es otro problema. A los hombres sólo les mueve el interés por algo: por su interés. Mi cuerpo desea derretirse como mantequilla al Sol, pero no hay nadie dispuesto a sacrificarse por llegar hasta la meta.

¿Compromiso? Yo no quiero un compromiso tal y como la gente lo entiende. Yo sólo quiero un orfebre de los sentimientos porque estoy harta de que la joya que guardo en mi interior siga guardada. Yo sólo quiero a alguien para vivir.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Dormida

Últimamente no soy capaz de conciliar el sueño. El calor es agobiante y hace que la poca ropa con la que duermo esté totalmente empapada a los pocos instantes de tumbarme. He probado a dormir sin ella pero ni aun así he conseguido nada, mi piel y todos mis pliegues se humedecen bañándose en una suave capa de agua salada. Pero eso sería soportable si pudiese dormir. Cada vez que cierro los ojos las imágenes me bombardean sin poder evitarlo: le veo una y otra vez. Sus ojos, su sonrisa, cada centímetro de su piel que no me canso de recorrer con la mirada,.... todo se me aparece haciendo que me encuentre inquieta en la cama.

Y así un día tras otro. Sé que no es bueno enamorarse de las ilusiones, sobre todo si sabes que nada más son eso, ilusiones. Pero es lo más parecido a lo que la gente llama amor. Nunca lo he visto en persona ni se como es en realidad. Lo único que tengo de él es una foto que me envió a través de un correo. ¡Sólo una foto! el resto han sido multitud de líneas que tengo guardadas y releo cada vez con más frecuencia. Llevo tiempo sin coincidir y sólo tengo eso, una foto, y cada noche al quedarme dormida es él el que se me aparece en mis sueños. Es él el que se me acerca como nadie se me ha acercado hasta entonces. Es él el que me dice esas palabras que no sabía que se podían decir y que me hacen estremecer. Es él el que siento tocarme cada vez que una gota de sudor me recorre la piel.

Me adormezco por fin y es entonces cuando todo se vuelve real y lo veo a mi lado, observándome. Me acerco a sus labios y noto su calidez en los míos mientras nuestros cuerpos resbalan uno sobre otro. Cada nervio de mi ser se estremece al notarlo. Una suave ola de calor me envuelve cuando nos unimos y empezamos a navegar en un mar de aguas calmas, dejándonos mecer por la marea. Poco a poco avanzamos más hasta que sabemos que sólo nos queda ir hasta el final y es entonces cuando llegamos. Todo es perfecto cuando me quedo dormida.

Un rayo de luz ilumina el otro lado de la cama, donde hace sólo unos instantes se hallaba el fruto de mis sueños. Sé que es no es mas que un recuerdo de algo que he vivido en mi mente pero ese recuerdo es lo suficientemente intenso como para que no crea en él. Hace sólo unos instantes me hallaba en su compañía y no había nada más. Hace sólo unos instantes éramos un solo ser. Hace sólo unos instantes amé intensamente.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Llegar a casa

No sé qué hacer. No soy capaz de enfrentarme a ella con esta sensación de ser un fracasado en la vida. Ni siquiera he sido capaz de mantener este empleo el tiempo suficiente como para pagar el crédito. Ella me adora y sé que, pese a que me va a decir que es un bache y que lo superaremos, las cosas no se van a arreglar tan fácilmente.

Cada vez me es más difícil competir con esa multitud de jóvenes preparados y dispuestos a dejarse asovallar con tal de llevar el dinero suficiente en el bolsillo el fin de semana. Yo no puedo rebajarme a eso. No sé como conseguir el dinero necesario para llegar a fin de mes. El paro no nos puede ayudar mucho en estos casos y esta vez no he llegado a trabajar lo necesario como para poder cobrarlo. No sé que hacer.

Llevo dadas más de 10 vueltas por el barrio y tampoco hay ningún sitio donde aparcar. Todas las cosas me salen torcidas. Todas salvo mi matrimonio. Aun no me explico que hace ella con un fracasado como yo. Al principio no queríamos que ella trabajase pero los dos sabíamos que si no lo hacía estábamos abocados a la miseria o peor aun, a volver con nuestros padres para pedirles ayuda. Al final ella encontró un trabajo de azafata de una firma comercial. No es un gran sueldo pero la llaman habitualmente para trabajos de una semana o de un mes. Aunque de esta vez ya lleva más de dos meses en el mismo sitio. Ella es una mujer muy capaz y con don de gentes, ojalá yo valiese la mitad de lo que vale ella.

No sirvo ni para suplicar. Cuando el jefe me llamó esta tarde y me dijo que no volviese mañana me limité a decirle gracias y cerrar la puerta despacio. Una vez dentro del coche encendí la radio y estuve llorando durante media hora. No valgo nada. Bueno, algo sí valgo. Si muriese ella quedaría libre de mi carga y cobraría los 30.000 € de la póliza de mi seguro de vida. No es mucho pero le daría para empezar una nueva vida y olvidarse de mí.

Ahora está en el salón esperándome, la luz está encendida. Debe de encontrarse sobre el sofá adormecida delante del televisor, con el pijama que le regalé estas navidades y tapada con la bata. Cuando escuche cerrar la puerta abrirá los ojos y me buscará con la mirada. Me brindará la más dulce de las sonrisas y me pedirá un beso. Me abrazará con suavidad y me dirá que estaba esperándome para hacerme el amor. Yo le preguntaré si antes quiere cenar algo y ella me dirá que a mí. Me arrodillaré frente a ella y la llenaré de besos apasionados, esos besos que sólo son capaces de dar dos adolescentes que no piensan en otro futuro que el de la felicidad, pese a hacer años que dejamos nuestra adolescencia, y la llevaré a cama. No puedo subir.

Nuevamente empecé a llorar. Tampoco sirvo para eso. Ni siquiera tengo el valor de estrellar el coche contra una pared. Aparco y me dirijo lentamente a casa. Tengo la sensación de estar subiendo al patíbulo con cada peldaño que me acerca a mi hogar. Deslizo la llave en la cerradura y la giro. Suavemente cierro la puerta y la veo a ella en el salón requiriéndome con la mirada. Su cara está iluminada y eso me hace daño en el corazón. Preferiría que estuviese enfadada conmigo o que tuviese a otro en su vida. Me acerco a darle un beso y me dice unas palabras que aplacan mi sufrimiento: "Sin ti no podría seguir siendo tan feliz. ¡Felicidades papá!".

En ese momento todo lo que sentía desapareció, no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Iba a ser papá. ¡Íbamos a ser padres! No sé si un hijo cambia mucho la vida pero en ese momento algo en mí creció. No sé que pasaría mañana ni como iba a encontrar trabajo pero no importa, saldríamos adelante. Tengo suerte de estar casado con el ángel más bello del cielo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Ciego

La oscuridad lentamente se va cerniendo sobre mí. Las luces de la habitación no son más que un tenue resplandor apenas imperceptible. Me cubro los ojos con las manos y lloro. Cuando consigo calmarme todo es oscuridad. Nadie puede explicarse el porqué de mi ceguera y hasta hace unos días yo tampoco le encontraba explicación. Uno no se percata de lo que depende de al vista hasta que se queda sin ella.

Esas pequeñas molestias y cansancio de ojos no eran algo a lo que uno le da importancia, sobre todo cuando te pasas muchas horas delante de una pantalla. La preocupación me llegó cuando las caras empezaron a difuminarse. Estaba en mi oficina tendiendo a la gente cuando se me sentó una mujer y pese a estar mirándole la cara no era capaz de otra cosa que de perfilar su silueta y al mirar la pantalla mi mundo, en el que me desenvolvía cada día, dejó de existir.

No es que me quedase ciego, la cosa era que sencillamente no podía leer ni ver nada de lo que tenía delante. El universo se limitaba a un caos de colores y formas. Una compañera me tuvo que acompañar al médico, no es que estuviera histérico ni nada por el estilo, es que no podía conducir. Una vez en el oculista me sometieron a un sinfín de pruebas de las que concluyeron que lo que tenía era motivado por estrés. Me mandaron unas gotas, unas pastillas para dormir y descanso.

Una vez en casa creí que empezaría a encontrarme bien, pero lo único que sucedió es que por lo menos me podía mover sin tropezar con las cosas. Es increíble la cantidad de cosas que tenemos en una casa y que no sirven para nada, tengo un montón de cardenales en mis piernas que lo atestiguan. A falta de poder hacer otra cosa me dediqué a llamar por teléfono para dar un sinfín de explicaciones. Y lo peor de todo, pensar. Debería de estar prohibido el tener tiempo para pensar. En mi raciocinio intenté buscar explicaciones lógicas a esta situación que se me estaba planteando y no encontraba ninguna. Luego intentaba recordar cosas: la última cara que había visto, las personas que trabajan conmigo, mi familia, los recuerdos de los objetos más nimios,... intentaba refrescar mi memoria al máximo. También intentaba recordar como era el cuerpo de la última mujer con la que me había acostado. Pensaba que los recuerdos de esas cosas me podrían ayudar a no perder la vista completamente. Cada vez que veía algo me esforzaba por intentar verlo, si no era con mis ojos lo hacía con mi mente.

Según los días avanzaban y la ceguera ganaba terreno empecé a analizar todo lo que había hecho para buscar un motivo a lo que me estaba pasando. Ya estaba harto de pasar por scanner, TAC, resonancias y todo tipo de pruebas médicas. No necesitaba que me volvieran a decir que todo estaba aparentemente bien y que no se explicaban mi caso. Quería soluciones no lisonjas.

Hoy me encuentro en ese mundo donde el sonido es el arma principal. Mi hogar se ha transformado en una zona despejada y libre de cualquier objeto que me pudiera molestar. Mucha gente me ha llamado para apiadarse de mí y eso me hace sentir más inútil de lo que soy. Por lo menos esta tarde me tocará repasar las últimas cosas que había pasado en el trabajo. Mi compañera se acercará para que, entre los dos, dejemos por finiquitada mi relación con el mundo laboral. Ya estaba harto de atender a la multitud de incompetentes que me venían cada día a la oficina. Gente que se merece estar donde está por su poco afán e ineptitud. La mayoría me tildaban de dictatorial y cruel pero a mí esos apelativos sólo me producían alguna que otra sonrisa. Aun me acuerdo de la última persona que atendí: esa mujer.

Recuerdo que acababa de cubrir su ficha de petición y me disponía a despedirla cuando empezó mi odisea. Por culpa de mi "enfermedad" me había olvidado completamente de su caso. Con anterioridad había tenido alguna que otra "perla" mientras cubría la ficha de petición, pero esa mujer se estaba llevando la palma hasta ese momento. Recuerdo que me había dicho que no tenía ningún tipo de estudios pero que sabía hacer de casi todo, todas las mujeres saben hacer de todo si se empeñan. Pero cuando le comenté que me dijese la lista de trabajos para los que estaba capacitada no aguanté más. Tuvo suerte de que me pusiese mal en ese momento o no podría volver a pisar esa oficina en su vida. Me comentó que quería un trabajo de adivina o de bruja. ¡De bruja!, mi carcajada se escuchó en toda la oficina. Le dije que se fuera a tomar el pelo a otro sitio y que mientras yo trabajase nunca iba a encontrar trabajo... ¡Fue entonces! ¡Fueron sus palabras! No le había prestado atención hasta hoy, me dijo: "Que tus ojos compartan la mirada de tu corazón"... Realmente era una bruja y yo soy ciego.

martes, 25 de noviembre de 2008

La Cita: 7º parte

Al poco de volver a la ciudad recibí una llamada de María. Deseaba volver a verme y yo tenía curiosidad de saber como estaba ella. Me esperaba un ser destruido por el dolor pero mi sorpresa fue mayúscula. Estaba estupenda, mejor dicho, pletórica. La ropa que tenía se le ajustaba al cuerpo como una segunda piel y el peinado le daba un aire juvenil. Por un momento pensé que estaba viendo a su hija en vez de a ella.

Fuimos a una cafetería para poder hablar de todo lo que había pasado en estos dos meses. Me sorprendió ver la alegría que emanaba. Me recordó a esa mujer que viera hace tiempo esperando a su hija en la calle. Estaba igual de hermosa. Cuando me preguntó que había sido de mí estos meses me quedé en blanco, no podía dar crédito a lo que estaba viendo ni escuchando. Ya dije una vez que cuando alguien está hundido sólo puede ascender y ella era la prueba viviente de que eso era posible. Prudentemente omití en la conversación cualquier comentario sobre Eva, y al parecer, ella también lo hacía.

Estuvimos varios días viéndonos, parecíamos novios. Al final ella me invitó a volver a su casa. Deseaba volver a estar conmigo y yo con ella....



Ahora me hallo tendido en el suelo. Cada vez que intento respirar una bocanada de sangre me llena la boca. Ella se alza frente a mi desnuda, majestuosa. La diosa que me trajo la muerte comprueba que su herida ha sido mortal. Los intentos por quitar el cuchillo fueron inútiles. El pulmón estaba traspasado con la hoja atorada entre las costillas. Yo notaba como la sangre iba ocupando el espacio que tenia reservado para respirar y sé que no tardaré mucho en ahogarme. A duras penas pude articular unas palabras, un simple ¿por qué? Aunque ya sabía el motivo quería saber cómo se había enterado.

Encendió la luz y pude contemplarla tan hermosa como siempre. La dulzura de su rostro había desaparecido y me miraba con malicia y odio. Su respiración era rápida, todavía tenía la adrenalina corriendo por sus venas. Supongo que nunca se había imaginado un resultado tan efectivo con un solo golpe. Se arrodillo a mi lado y me enseñó un colgante. Era el pequeño colgante que Eva llevaba encima siempre. Y empezó a hablarme lentamente.

Me comentó lo mucho que había sufrido y el dolor que sentía por no saber nada de su hija. La puñalada que sintió en el corazón cuando le dijeron que los desechos humanos que había ido identificar eran de su hija. La rabia y la impotencia que le martirizaban todas las noches cuando sabía que el violador y asesino de su hija estaba libre e impune. Y lo peor de todo, el miedo, la traición y el odio que estalló en ella cuando al recoger mi ropa para enviármela, vio como la cadena de su hija caía del bolsillo de atrás de mi pantalón al suelo. Temblorosa la cogió entre sus manos sin saber que pensar sin saber que significaba. Entre sus manos tenía el colgante que Eva guardó cuando estaba siendo violada por mí. La única cosa que probaba que había sido yo el asesino. Un mensaje que le dejó a ella pues sabía que tenía la costumbre de revisar todas las prendas antes de lavarlas. El último mensaje que pudo enviar Eva antes de morir. Y entendió…




Cuando las lágrimas empezaron a correr por su rostro yo ya no estaba allí. Mis pulmones y mi corazón habían dejado de funcionar y me había muerto con el convencimiento de que Eva me había condenado a muerte en el mismo momento que yo la maté. Tampoco tuve tanta suerte como ella. Mi cadáver permaneció sumergido durante más de tres meses, María se había asegurado que así fuera. Cuando finalmente el mar me hizo salir a flote no había nada que pudiera demostrar mi identidad. La única cosa que podría servir de identificación era un colgante que tenía en lo que me quedaba de cuello, la pena es que nunca había sido mío. Sólo una pequeña mención en un periódico local fue lo que obtuve después de tanto tiempo. Mientras María leía la noticia de mi aparición las heridas de su alma empezaron a cicatrizarse y comenzó a llorar en paz.

lunes, 24 de noviembre de 2008

La Cita: 6º parte

La situación era sumamente tensa. Por mucho que intentaba calmarla no encontraba la forma. Todos mis intentos eran vanos, parecía que no existía nada para ella. Los primeros días la desesperación lleno su vida como un alud llena de nieve el valle. Esos días se volvieron eternos entre llamadas telefónicas y denuncias en todos los lugares que se le ocurrían. Las visitas al instituto para interrogar a sus compañeros resultaron infructuosas. Estaba totalmente enloquecida y era incapaz de razonar o de hablar con nadie, sólo sollozaba y se encerraba en sí misma.

En un afán de consolarla le había sugerido la idea de llamar a los medios de comunicación y eso pareció animarla. Esa noche me dejó hacerle el amor. Fue extraño pero la ausencia de su mente me gustó. Hizo que mi mente pudiera trabajar sola y me imaginé nuevamente con ella. Le hice todas las cosas que un hombre le puede hacer a una mujer y de todas las maneras posibles sin ninguna resistencia por su parte. Esa noche terminé extenuado pero comprendí que ya no había nada que me retuviese. Esa fue la última vez que yacimos juntos.

Dejé pasar los días y después de muchas declaraciones policiales y entrevistas con periodistas, a fin de cuentas había sido el último que la había visto con vida en la discoteca, apareció el cadáver. No pensaba que fuera a tardar tanto en aparecer, casi dos meses. En un primer momento nadie pensó que ese desecho humano pudiera ser Eva. El estado de deterioro al que lo había sometido las criaturas del mar, las rocas y el ácido, aunque esto sólo lo sabía yo, había sido brutal. El reconocimiento tuvo que ser por muestras de ADN y cuando obtuvimos el resultado positivo María se hundió definitivamente. Intentó velar los restos de su hija pero nadie se lo permitió.

Yo estaba tranquilo. Todas las investigaciones de la policía científica y de la forense resultaron nulas en resultados. Sólo supieron que Eva había sido asesinada antes de ser arrojada al mar pero nada más. El caso sería archivado por falta de pruebas y yo quedaría totalmente impune. Tal vez por esa impotencia María me dijo que me marchase y que la dejase sola. Pese a ser lo que yo quería insistí en acompañarla en esos momentos pero ella se negó y la dejé con su dolor.

Como María me dijo que se encargaría de recoger todas mis cosas y que me las enviaría a mi antigua dirección, aproveché para irme de viaje un par de meses. Ya había transcurrido más de medio año del “accidente” de Eva y necesitaba cambiar de aires.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La Cita: 5º parte

Es una mujer preciosa. El tenerla sentada a mi lado hace que me pueda fijar más en los pequeños detalles. Su perfil es maravilloso. Lleva un rato hablando pero soy incapaz de concentrarme en sus palabras, sólo me fijo en sus labios carnosos. Cada vez que abre la boca me dan ganas de acercarme a ella y besarla. Sigo bajando la mirada intentando que no se de cuenta de lo que hago. Sus pechos han alcanzado una madurez plena y rebosan por encima del escote de una forma lujuriosa. Y la falda a duras penas tapa la ropa interior.

La deseo con una fuerza irrefrenable. Deseo poseerla. Sentir la ternura de sus piernas en torno a mi cuerpo. El olor de su sexo. Sentir sus gemidos. Cada vez que me mira intento hacerla partícipe de mis pensamientos pero no consigo articular palabra. Me tiene completamente hipnotizado.

Parece que la conversación que tenía llega a su fin y cuando se dispone a salir del coche la agarro suavemente por el brazo. La atraigo hacia mí y la beso. Ella se sorprende e intenta apartarse pero es incapaz de resistirse a mis brazos. En cuanto sentí su lengua tocando la mía empezó a sobrarme la ropa. Mi mano empezó a recorrer sus curvas deleitándome con el ritmo de su respiración. Parte de ella lo estaba deseando pese a saber que lo que estábamos haciendo no estaba bien.

Al apartarle las piernas para notarla ella se resistió e intentó apartarse pero ya estábamos en un punto sin retorno. Yo no podía dejarla sin más. Mi deseo no me lo permitía. Desde la primera vez que la vi casi sin ropa la deseé. Intenté que nadie más pudiera disfrutar de lo que yo quería. No me resultó difícil que el novio que tenía la dejara pero cuando me enteré que él quería volver y contarle todo no me dejó más opción. Me gustó verle gritar justo antes de caer. Yo había hecho todo por ella. Por estar con ella. Y no podía dejar que me despreciase ni que se fuera, y menos ahora que había probado su sabor.

Me amenazó con decírselo a María y eso fue la gota que colmó el vaso. Se quedó paralizada cuando le di el primer tortazo. Intentó rebelarse pero sólo fue capaz de llorar. Me bebía cada lágrima que caía por sus mejillas mientras con mis manos la exploraba más profundamente. Quiso resistirse pero no fue capaz. ¡Cuántas veces había soñado con este momento! En cuanto entré en ella mi cuerpo se escalofrió, me pedía que la dejase ir, me suplicaba, lloraba… pero no lo consentí. Hice lo mismo que con María, tomé control de la situación.

Intentó gritar y me vi obligado a hacer que se callase, no podía consentir que nadie nos interrumpiera. Durante todo el tiempo que duró mi orgasmo mis manos permanecieron apretando su garganta. No supe lo que había pasado hasta al cabo de un rato, pero ya me daba igual. Eva había sido mía. Ahora me quedaba preparar todo para que nadie supiera lo que había pasado.

Conduje hasta un lugar que conocía y que ya había usado en alguna otra ocasión. Su cuerpo semidesnudo a mi lado me hacía perder el control de la conducción y en unas cuantas ocasiones estuve a punto de irme de la carretera. Una vez en el acantilado la desnudé completamente y volví a profanar su cadáver una vez más. Luego la tiré en el suelo y empecé a rociarla con ácido de batería que tenía en el maletero. Una vez el líquido hubo hecho su efecto la arrojé a las aguas y quemé las ropas. Observé que en el coche no hubiera quedado nada y me fui a casa. Me tocaba cumplir otra vez esa noche y no se sí estaría a la altura de la situación.

jueves, 20 de noviembre de 2008

La Cita: 4º parte

Está claro que cada edad tiene su sitio y su momento. Hay gente que se empeña en aparentar cosas que no pueden ser. Muchas mujeres salen por sitios donde sólo hay jóvenes para tener por lo menos una oportunidad de hacer valer su experiencia. En el caso de los hombres es distinto. Los hombres salen por esos sitios para no enfrentarse con mujeres de su igual con las que fracasarían estrepitosamente. Es más fácil deslumbrar a una niña que a una mujer. A la mujer no le llega con un poco de dinero, unas palabras corteses y un coche o una moto deportivos. Una mujer le exigiría más. Por eso abundan los “buitres” al acecho de las jovencitas. Y, a parte de esta jauría de fracasados, están los jóvenes. Multitud de imberbes que se creen que con unas cuantas copas de más o un poco de eso o de aquello ya se pueden comer el mundo. Una fauna de cretinos que se empeñan en revolotear alrededor de Eva.

No puedo soportar el permanecer quieto en la barra mientras babosean a su alrededor como abejas hambrientas que buscan alimentarse de la más bella flor. Sé que la idea de salir, pese a ser mía, la dijo ella y a María le pareció una manera perfecta de poderla supervisar. Desde la muerte del chaval soy el que hace de puente entre las dos. Tampoco me costó mucho el enfrentarlas para luego convencerlas de que sólo podían confiar en mi. Las mujeres dolidas son muy susceptibles a los comentarios directos pero muy frágiles ante las pequeñas sugerencias. Las dos necesitaban descansar de tantas tensiones y a María estuvo de acuerdo en que el hecho de que saliera con Eva de paseo ayudaría a que ella se relajase. ¡Vaya que si se relaja!

Al principio no quería venir a la discoteca pero nada más entrar se vio como pez en el agua. Necesitaba divertirse para ahogar las penas que guardaba en su interior. Y ahora me encuentro mirándola, deleitándome en cada movimiento de su cuerpo, disfrutando de la fuerza de su juventud. Cada poco tiempo se me acerca para decirme cualquier cosa sin importancia o simplemente darme un abrazo y un beso en la mejilla. Esos pequeños gestos sirven también para que algunos “pesados” me miren con recelo y desaparezcan entre la multitud.

Al cabo de una hora y unas cuantas copas decido marcharme. No puedo soportar seguir en esa situación. Cada vez que se me acerca y la huelo mi cuerpo la desea con más fuerza. Sé que si esto continúa no seré capaz de contenerme más, y para agravar más las cosas su último beso fue en mis labios. Al saborear la dulzura de su saliva tomé la decisión de salir de ahí. Además, ya tendría que estar de vuelta en casa para darle el parte de incidencias a María, después de haberle hecho el amor unas cuantas veces. Si me apuro tendremos tiempo de hablar antes de que Eva llegue a casa.

Me despido de Eva y como buen padrastro le digo que no llegue demasiado tarde para no preocupar a su madre, y que venga al coche a coger la cazadora para no tener frío a la vuelta. Una vez fuera llamo a casa y le digo a María que tardaré una hora en llegar, tengo algo que hacer antes de marcharme de aquí.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La Cita: 3º parte

Por lo general soy un hombre que le gusta madrugar. Lo primero que hago cada mañana es ir al baño a eliminar los restos que mi cuerpo no ha digerido y darme una buena ducha. Una ducha que me renueve y me relaje. Parece una incongruencia pero eso es lo que necesito cada mañana, relajarme después de una noche de trabajo placentero. Una vez seco y afeitado disfruto paseando desnudo por la casa cubierto por una pequeña toalla sabiamente dispuesta para dejar ver lo que me interesa. Me dirijo a la cocina y, como cada mañana, allí está ella.

La primera vez que me vio de esta guisa se sorprendió pero ahora ya está acostumbrada. Se me acerca y me da un suave beso en la mejilla. Le doy un pequeño cachete y me dispongo a desayunar. La toalla cumple a la perfección la misión para la que la había dispuesto y deja ver la excitación que ella ha producido en mí. Ruborizada me pregunta por su madre. No lo puedo evitar, pero ese juego diario me encanta. Si no fuera por ella ya me habría aburrido. Como cada mañana me arreglo y me ofrezco a llevarla al instituto. Antes de marcharme satisfago mi ego masturbando a su madre e imaginando que es a ella a quién se lo hago.

No sé que es lo que me contiene ni porque no me abalanzo sobre su cama cuando está dormida, pero no puedo de dejar de pensar en su cuerpo. Hasta me molesta que otros hombres se le acerquen, como aquel chico con el que estuvo saliendo un par de meses. No me costó mucho el convencerlo para que se marchase, sobre todo después de que hubiera probado un poco de mi medicina en sus carnes. La juventud de hoy en día no valora ni lucha por lo que quiere. Eva estuvo pasando un mal momento por culpa de ese muchacho y la convencí para que me dejase escarmentarlo. Me costó el demostrarle que yo no tuviera que ver con el suicido del mocoso, pero con mi gesto se me acercó más. Hasta su madre me pedía que la acompañase más para protegerla, ¡sí era justo eso lo que yo quería hacer! Incluso llegué a salir con ella algún fin de semana aunque manteniendo las distancias. No quería que María sospechase nada ni que todo se volviese en mi contra.

Ahora la situación está en un punto culminante. María está totalmente enamorada de mí, y Eva empieza a estarlo. Creo que este fin de semana me tocará mover ficha con Eva.

martes, 18 de noviembre de 2008

La Cita: 2º parte

Es una mujer increíble. Nunca había pensado que una persona se recuperara tan rápidamente de una situación como la suya. Es bien cierto que cuando uno se ha hundido completamente sólo se puede ir hacia arriba. Aún me acuerdo de la primera vez que la vi.

Estaba en la calle esperando a que llegase alguien. Estaba vestida de una manera totalmente informal, como si se hubiese puesto lo primero que había encontrado, un pantalón blanco y un jersey marrón con el cuello abierto que le marcaba su silueta. Su cuerpo se vislumbraba perfectamente bajo esa apariencia haciéndola irresistible. Su pelo revuelto apenas me permitía ver con claridad sus ojos pero estaba feliz. Todo su ser emanaba felicidad. En ese momento deseé acercarme a ella para verla mejor aunque sólo me limité a contemplarla. Me deleitaba con cada gesto que hacía. Estaba esperando a alguien y empezaba a impacientarse. Sus manos no paraban de abrirse y cerrarse y se movía como una leona enjaulada, aunque la sonrisa de alegría no desaparecía de su cara. Con las manos separó el pelo de su cara y pude observar que una sonrisa aparecía. Me dieron ganas de besarla, abrazarla, poseerla. Era la imagen de la sensualidad. La seguí con la mirada hasta que la vi abrazar a una niña de unos 15 años tan perfecta como ella. Era su hija. Al verlas juntas podrían pasar perfectamente como hermanas.

La curiosidad hizo mella en mí y desee saber quién era. Las seguí a distancia hasta su casa y los siguientes días me dediqué a obtener toda la información posible de las dos. Es increíble lo deseosa que está la gente de hablar de la vida de los demás. En una semana preguntando por el barrio me enteré de toda la vida de ambas. Se llamaban María y Eva y, efectivamente, era su hija pero tenía 17 años. María se había divorciado hacía unos meses y, según una vecina muy amiga de ella, la culpa había sido de él por haberla engañado. Trabajaba en una oficina de unos abogados y, por ahora, no tenía ningún "amigo". Eva era una chica encantadora y que siempre estaba de buen humor. Tampoco se metía en problemas y no tenía novio formal, sólo se limitaba a estudiar y salir los fines de semana, aunque no solía llegar muy tarde. Adoro a las cotillas de barrio.

Entonces entré en acción. Empecé a dejarme ver y a coincidir por los sitios por donde María tomaba el café. Al cabo de un mes tomábamos el café juntos y ya me había invitado un par de veces a salir por la noche, cosa que yo había rechazado cortésmente, aun era pronto. Un mes más tarde ya conocía su casa y había desayunado en ella más de un fin de semana.

Fue tan dulce como había imaginado. Su cuerpo se estremeció con el primer beso y su cuerpo se me abrió como una flor. Ansiaba besos, caricias, ansiaba la pasión y de todo le ofrecí hasta la saciedad. Esa primera noche nos bañamos en nuestro sudor y nuestros alientos se complementaron. Pese a todos los sueño que había tenido con ella nunca pude imaginar tanta pasión. Todo su cuerpo se me ofreció para que hiciese con él lo que quisiera, y lo hice. Cuando nos despertamos ese día eran las dos de la tarde. Eva nos había preparado el desayuno. Estaba claro que su madre ya le había avisado de lo que iba a pasar esa noche. No se sorprendió cuando me vio semidesnudo paseando por su casa, al contrario, se encontró feliz con que yo estuviese en casa esa mañana.

A partir de esa primera vez empecé a dormir casi todas las noches con ellas. Le hice el amor de todas las formas que sabía y la poseí con todas las que había imaginado. Pero eso no me llegaba. Empecé a desear a Eva. Saberla en la habitación de al lado me excitaba e intentaba que se diese cuenta de lo que hacíamos. Y empecé a llevarla yo al instituto. Tal vez ese fue mi primer fallo en todos estos años.

lunes, 17 de noviembre de 2008

La Cita: 1ª parte

Abro la puerta y la ropa me indica el camino a seguir. Su aroma envuelve el ambiente. Lentamente la voy recogiendo y me emborracho en su olor. Mi cuerpo empieza a inflamarse mientras la mente me envía imágenes de lo que puedo encontrarme. Un calor agobiante empieza a pedirme que afloje la ropa que llevo puesta. Dejo la chaqueta sobre una silla y sigo avanzando por el pasillo.

Una suave música me llega desde la habitación. La puerta se haya entornada y a cinco pasos recojo la última prenda que se quitó antes de quedar completamente desnuda. Aun la noto tibia y eso hace que un escalofrío me recorra. Al abrir la puerta no puedo ver nada, la habitación está completamente a oscuras, pero siento su presencia sobre la cama.

Dejo caer su ropa sobre el suelo y sin decir nada empiezo a desnudarme para ella. Mi cuerpo me exige libertad. Lentamente ella se levanta y observo como la leve luz que entra por el resquicio de la puerta descubre la silueta de su desnudez. Me acerco a ella y noto el golpe. Un frío que me atraviesa el corazón dejándome inerte en el sitio. Justo antes de que mis ojos dejen de recibir cualquier sensación veo sus ojos brillando por las lágrimas y me doy cuenta que me ha descubierto.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Otra vez

Esta noche vamos a volver a vernos. Hacía ya mucho tiempo que nos habíamos separado y como todas las separaciones el dolor fue enorme. Uno nunca cree que el corazón pueda influir tanto en la vida. Los primeros días no era capaz ni de salir a la calle. No encontraba consuelo en ninguna parte ni de ninguna forma. Intenté salir con otras mujeres pero cada vez que intentaba besarlas lo único que me venía a la mente era su rostro. Ese rostro que me sabía hasta la perfección. Cuántas veces me pasé horas enteras mirando su cara, simplemente viéndola respirar mientras dormía. No es justo que me dejase de esa forma. Aun ahora los ojos se me llenan de lágrimas y eso que han pasado cinco años desde la última vez que nos vimos. Todavía recuerdo el sabor de sus labios en los míos antes de partir. Pensaba que nuestras vidas eran perfectas pero las cosas nunca salen como uno quiere. El amor no es justo.

El año pasado conocí a una chica maravillosa, Laura. Estaba totalmente enamorada de mí y yo creía que con ella sería capaz de olvidar, pero me engañaba. Cada vez que hacíamos el amor era el cuerpo de ella el que acariciaba. Cada vez que la besaba era a ella. Cada vez que me estremecía era por ella. Nunca estuve con Laura siempre estuve con ella. Laura nunca se percató de ese detalle hasta hoy. Cuando le confesé que hoy iría a ver a mi amor otra vez se le rompió el corazón como se me había roto a mí. La entiendo pero no puedo seguir mintiéndole. En cinco años no he podido pensar en nadie más.

Tenía que haberla acompañado en ese viaje y no haber sido un cobarde. Hoy se cumplen los cinco años. Cinco años sin vernos. Llevo varias noches viéndola en mis sueños y diciéndome que vaya junto a ella y está vez no voy a defraudarla. Esta vez no sería capaz de abandonarla. Además, la idea de suicidarnos juntos había sido mía.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El vecino

Me encanta sentir el roce de su piel. No soy capaz de resistirme a tocarla cada vez que se acerca a mí. Me da igual en donde sea: en el ascensor, en el portal, en la calle,... Mis manos y mi mente parecen tener vida propia cada vez que ella está a mi lado. Esas caricias furtivas hacen que mi cuerpo cobre vida y clame por salir al exterior. Conozco casi cada centímetro de su piel porque cada centímetro de su piel ha sido memorizado por mis manos. Ha sido un trabajo arduo pero con mucha paciencia y calma he conseguido el propósito de acariciarla casi por completo. Algunas veces fue de una manera sutil, otras la multitud me facilitó la maniobra y en otras, sencillamente estaba allí en el momento apropiado.

Conozco cada fragancia que ha pasado por su piel. Incluso llegué a comprar cada perfume que ella usaba para poderme recrear en la calma de la oscuridad. Esos aromas y la firmeza de su cuerpo me hacen enloquecer y deseo que nuevamente amanezca para poder acariciarla de nuevo. En la nevera tengo un planning con todos sus horarios. Ella es una mujer muy metódica y acostumbra a hacer todo siempre a la misma hora, de otra forma creo que nunca me hubiera decidido a cumplir con mi meta.

Aun recuerdo con anhelo esa primera vez. Era verano y ella apenas estaba cubierta por un poco de ropa. Entramos en el portal y ella, al subir apuradamente las escaleras, resbaló y se torció un pie. Al verla gemir del dolor me ofrecí a calmarle el sufrimiento con un pequeño masaje, como si yo supiera lo que estaba haciendo. En ese momento ella se descalzó y puso su pie sobre mis manos. La suavidad de su piel y el perfume a juventud que desprendía me hizo enloquecer. Deseé poseerla allí mismo pero me contuve y me limité a tocarle con dulzura el pié y la pierna. Luego le pedí que me dejase tocar el otro pié para comparar. Fue un momento de éxtasis. Ella se marchó con una cara de satisfacción cuando le dije que ya estaba. No creo que hubiera tenido nada pero ella se sintió satisfecha con mis caricias y yo más aun por habérselas hecho. Al llegar a casa tuve que cambiarme de ropa interior porque la tenía totalmente empapada y en mi mente empecé a fraguar la idea de acariciarla por completo.

Esa semana la volví a tocar en varias ocasiones. Alguna furtiva en el ascensor, otras más osadamente al abrazarla para darle un casto beso. En el metro pude conocer la anatomía de su culo más a fondo pero siempre de una manera que pasase inadvertida para ella. Sé que si ella hubiera sospechado en alguna ocasión de lo que yo estaba haciendo o de lo que le tengo hecho me hubiera denunciado pero ahora eso ya no me importa.

Hoy es jueves y ella llegará a las 6 de la mañana después de haberla dejado sus amigas delante de casa. Como otras semanas, a duras penas podrá llegar a la puerta de su casa y se pasará un buen rato intentando encontrar las llaves en el fondo de su bolso. No creo que se dé cuenta de que estaré esperándole en la escalera para darle un empujón tan pronto como abra la puerta. Esta noche podré tocar lo que me falta por sentir de ella: su interior. Después de esta noche ella me dejará de interesar pero los funerales siempre son un buen lugar para conocer más gente.

lunes, 10 de noviembre de 2008

La Merienda

- No te preocupes. Los niños están bien. Están jugando en la habitación.- Dice acercándose una galleta a la boca.
- Es que ya sabes, basta que no escuches ningún ruido para que ya te alteres.
- Y qué me vas a decir a mi. cada vez que Ángel está en silencio ya empiezo a temer lo peor. Y casi siempre es así. La última vez le había roto varios libros al padre que aun no me explico como no le dio un sopapo. Él decía que estaba recortando animales y que “su papá” le había dejado. Y claro, yo le pego un tortazo, le castigo y el padre cuando viene es el que le hace las carantoñas. A los que había que castigar es a los tíos.
- Sí es verdad, les encanta ser a ellos los buenos. Mucho gritar pero a la hora de la verdad son los primeros en dejarte quedar mal con los niños. ¡mmmm! Qué café tan rico, ya me dirás que le pones para que sepa tan bien.
- Mujer, no le pongo nada más que una pizca de achicoria. Recetas de la abuela... Pues yo, aun tuve ayer una bronca con Antonio por culpa de Javi. Le había dicho que no le íbamos a comprar nada y ¡no le trae un balón! Casi van los tres por la ventana, el balón, el niño y el padre.
- Claro, es que se creen que con regalos lo arreglan todo.
- ¿Claro? - Dice María enfadada.- ¿A quién se le ocurre comprarle un móvil a un niño de 8 años? Sólo al imbécil de su padre. Por lo menos los vuestros no os están agobiando con el puñetero teléfono. ¡Con ocho años y ya he pagado una factura de cien euros!
- ¿Quién, Javi ha gastado cien euros en móvil? ¿Pero con quién habla un mocoso de ocho años? - Pregunta Elena revolviéndose en el sillón. - Si a Marco se le ocurre comprarle un teléfono a Ángel tendremos muchos problemas en casa. ¡Marco y yo!
- Pero que dices Elena, si el pobre Marco no es capaz de atarse los zapatos sin que se lo mandes.

Las tres irrumpen a carcajadas con ese último comentario y siguen tomando tranquilamente la merienda mientras en la habitación del fondo se escuchan las voces de los tres niños. En esto se abre la puerta y Javi se dirige enfadado al comedor.

- ¡Mama! ¡Mama! Ángel y Andrés no paran de insultarme. Me dicen que soy tonto y que no se jugar.
- Bueno, ya estamos otra vez con problemas. Diles a tus primos que como vaya yo allí les voy a lavar la boca con jabón.
- Y dile a Andrés de mi parte. Que como no se porte bien le llevaré arrastras del pelo hacia la habitación. - Dice María mientras coge la cafetera.- ¿Queréis este poco o voy a preparar más?
- Haz un poco más. Que aun quedan pasteles y galletas. Nos vamos a poner como focas.
- Ya nos veo a dieta por culpa de la merienda de hoy. - Comenta Elena mientras hincha la barriga.
- Mujer, si tú estás muy bien. Aun no me explico cómo quedaste tan bien después del parto.
- ¿Tan bien? Pero si me quedé casi sin tetas. Si lo llego a saber le enchufo el biberón nada más salir.
- Pues no se de que os quejáis las dos. - Dice Teresa levantando la camiseta y enseñándoles el torso. - ¡Mirad esto! ¡Tengo barriga de cinco meses y los pechos descolgados pero no me arrepiento de nada!, lo que sí que me arrepiento es de no haberle cortado cierta cosa a Antonio. Javi es un cielo pero el capullo de su padre es un cretino que ni siquiera sirve para...
- ¿Que no sirve? - dicen Elena y María a un tiempo.
- Pues cuando quieras te lo cambio por Andresito. Si no fuera porque me apaño sola...
- ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Ya sabía yo que iba a ser un buen regalo de despedida de soltera.
- Así que fuiste tú.
- No, no fue ella. La idea fue mía. - Dice María sonrojándose.
- Pues por lo menos ahora sabéis que tiene utilidad.

Nuevamente escuchan gritos y llantos en la habitación de los niños y la puerta vuelve a abrirse.

- Esta vez es Ángel, Elena.
- ¡Mamaaaa!- suspira Ángel entre sollozos.- Andrés me ha pegado y dice que no puedo ir a jugar con ellos.
- ¡ANDRÉS!- Grita María por el pasillo. - ¡Cómo te vaya ahí te voy a arrancar todos los pelos de la cabeza!
- ¡Vale Mama! - se escucha tras la puerta.
- Vete ya a seguir jugando Ángel.- dice Elena dándole un beso en la mejilla.

Las tres se dirigen a la cocina a preparar más café y cierran la puerta para no escuchar el alboroto que siguen armando los niños en la habitación.

- Estos tres son increíbles. Ahora se pegan, ahora se adoran.
- Sí,- se ríe María mientras le da un cachete a Elena, - y nosotras éramos igual, ¿o ya no te acuerdas?
- ¡Eh!, ¡que eso me ha dolido!

Durante un rato las hermanas inician una pequeña refriega en la cocina que se salda con un vaso roto y unas cuantas nalgas coloradas.

- Estoy agotada. Ya no me acordaba de lo que es jugar. - Jadea María mientras se arregla la ropa.
- ¿Qué raro que no hayan vuelto los niños? ¿se habrán cansado de pelear también?
- Déjalos haber si se quedan dormidos. - exclama Teresa mientras se abrocha la camisa.
- No habrá suerte. ¿Haber quién viene ahora? - Pregunta María tras escuchar nuevamente un portazo.
- ¿Javi, pero de qué te has manchado? ¿qué es eso?
- ¡Mama, Andrés dice que ya no va a volver a decir palabrotas!
- ¿Andrés? ¿qué ha pasado Javi? - Pregunta María alterada.
- Nada, no quería dejar de decir palabrotas ni pegarnos y le castigamos. ¿Pregúntale a Ángel?

Las tres madres se giran hacia la puerta en la que se haya Ángel con la ropa toda manchada y las manos llenas de una masa informe.
- Pero ¿qué habéis hecho? - Suplica Elena.

Corriendo se dirige a la habitación y empieza a gritar entre sollozos. Al abrir la puerta, María y Teresa, se la encuentran abrazando a un Andrés cubierto en sangre que no para de llorar y de repetir que nunca volverá a decir palabrotas, pero que le devuelvan el pelo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Juntos

Hace más de cinco años de aquello. Todos los días se ven para comer, para cenar, para salir juntos y hablan. Hablan. Le encanta la manera de reírse de ella. Cada vez que se ríe enloquece por dentro. Hoy es su cumpleaños y ella está radiante, bella, hermosa, feliz.

La acompaña a casa y, como todas las noches, mientras él aparca ella va preparando la cena. Al cabo de una hora sube. El piso está a oscuras. Al llamarla no responde y se asusta. Empieza a buscarla por la casa y cuando abre el dormitorio la ve.
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La quiere y desde hace tiempo. Realmente la quiere desde siempre, desde la primera vez que ella le dirigió la palabra en el instituto. Supo en ese momento que ella era “la mujer”, la mitad perfecta que necesitaba en su vida, pero.... cometió el error de entablar una amistad con ella. Nunca tendría que haber hablado con ella de sus inquietudes, de sus angustias, de su vida. Así nunca se habría enterado de lo enamorada que estaba de su mejor amigo. Así nunca le habría ayudado a que los dos estuviesen juntos, a que se gustasen, a que se enamoraran, ni a ser su padrino de bodas. ¿Cuántas lágrimas derramadas en su interior por un amor que nunca le sería correspondido?

La amistad que los unía era su único consuelo. Era su hermano, su confesor, la persona que siempre estaba en cada momento, en sus penas y en sus dichas. Le dolía que él la tuviera y no la valorase, pero nunca se lo dijo.

Cuando le llegó la noticia del accidente fue corriendo a ayudarla. Estuvo con ella en el hospital velándola, esperando a que despertase de su letargo y de su silencio. El coche se les fue en la autopista y ella tuvo suerte, sobrevivió, pero parte de su mente murió ese día. Ella lo quería y él no podía hacer otra cosa que seguir esperando.

Le ayudó en su rehabilitación y cuando su cuerpo se recuperó le ayudó a que su alma volviera a nacer. Fue difícil, pero él era su amigo y ella lo necesitaba. Le ayudó a volver a vivir, a que se ilusionase por un nuevo día y a que se recuperara de su melancolía. Nunca intentó sustituirlo, no podría y ella no estaría dispuesta, lo seguía queriendo en su ausencia. No tenía su amor pero le llegaba con su amistad.

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Abre la puerta de la habitación. Sobre la cama adormilada se encuentra un ser maravilloso. El pelo alborotado cubre su rostro. La sábana, que nos muestra una silueta casi perfecta, se desliza dejando su torso al descubierto, desnudo. Se acerca lentamente a su piel, oliendo su fragancia, empapándose de su ser. La acaricia con suavidad recreándose en cada poro de si mientras ella se estremece de deseo. La sábana se haya ahora en el suelo y sobre la cama aparece la majestuosidad de su cuerpo. Al percibir su ausencia se encoge buscando el calor, el abrigo. Le coge con ternura los pies y empieza a recorrer la pierna sin dejar ninguna zona sin acariciar, sin memorizar con los dedos. Ella se gira y queda boca arriba expectante. Las manos siguen subiendo, recorriendo su cintura, su abdomen, su cuello y bajan hacia los brazos como olvidándose del resto. Cuando éstas se abren, sus labios acarician la palma y la caricia se transforma en un cálido beso que vuelve a subir. Un gemido se escucha creciendo en su interior y sus manos buscan ansiosas donde asirse fundiéndose en un único ser que nace de su pasión. Las horas se alargan, se vuelven eternas. El sudor de los cuerpos se une en un torrente único. La noche llega a su fin.

Al despertarse mira a su alrededor y sólo encuentra una silueta dibujada sobre la almohada. Acaricia el lugar donde no hace mucho ella estaba, todavía tibio. En su cabeza las ideas se arremolinan y se pregunta si lo que han hecho fue lo correcto o simplemente nunca tendría que haber pasado.