jueves, 16 de octubre de 2008

Azul

Un día más abro los ojos. El Sol me recibe un día más con un espectáculo de luz y calor. Es maravilloso levantarse los días de Sol, hace que el dolor de huesos sea más leve y le alegra a uno el corazón. Lentamente me incorporo. El paso de los años es cruel cuando uno se acerca al ocaso de la vida pero si uno no se mueve es peor.

Con dolor me dirijo hacia el baño para asearme. Los buenos hábitos nunca hay que perderlos. Tras orinar y lavarme a conciencia procedo a afeitarme. Aun añoro el sonido de sus zapatillas al aparecer tras de mí para darme un beso, sus abrazos, su olor… Una lágrima aflora en mis ojos mientras me agarro al recuerdo de su cara. Una cara que vi durante más de 50 años. El corazón se me encoje cuando pienso en como me dejó pero le prometí que viviría hasta que pudiéramos volver a estar juntos. Le prometí que sería feliz hasta que mis labios volvieran a posarse en los suyos, pero la espera es tan larga…

Observo mis manos aguantándome erguido frente al lavabo y sigo afeitándome mientras pienso en el día tan maravilloso que me espera. Cuando acabo ahueco mis manos para que el agua acabe de limpiar los restos de la espuma. No hay nada como un chorro de agua bien fría en la cara para decirle a uno que está vivo. Miro fijamente al espejo y por unos instantes me olvido de lo que estoy viendo y me imagino cuando el mundo era mío, cuando era nuestro. Las canas que aun quedan en mi cuero cabelludo desaparecen y todo se vuelve negro. Los rizos que tantas miradas de soslayo levanté en las mujeres aun están ahí y sonrío.

Lentamente vuelvo a la habitación. La luz del Sol ha calentado lo suficiente el suelo como para que mis pies lo agradezcan mientras busco la ropa que me voy a poner. Es preciso que cada día uno se arregle como si alguien importante lo fuera a ver, así uno se encuentra mejor consigo mismo. En eso un hombre lo tiene más fácil, pero pese a todo, la ropa tiene que estar impecablemente planchada.

Antes me lo hacía ella, pero a raíz de que empezó a enfermar fui aprendiendo todas las tareas que antes me parecían imposibles. No es que no le dejara hacerlas, no. Cada día, antes de acostarnos, ella se levantaba y cuidadosamente me planchaba como buenamente podía la ropa del día siguiente. Nunca se lo dije, pero cuando ella se acostaba me levantaba para planchar la ropa que ella había intentado alisar entre temblores para que cada mañana me viera perfecto. La quería tanto… vaya, hoy estoy melancólico.

Agarrándome al brazo del sofá me siento para que mi corazón se desahogue. Miró tras la ventana y observo un maravilloso cielo azul con un enorme Sol en medio. Antes usaba el truco de mirar al Sol para esconder las lágrimas que pocas veces me afloraban, hoy son las lágrimas las que hacen que el Sol se difumine con el azul del cielo. Un suspiro brota con fuerza desde mi interior mientras siento unos labios en mi mejilla. Lentamente me giro y la veo frente a mí…

miércoles, 15 de octubre de 2008

Añil


No puedo más, la odio con todas mis fuerzas. Mi corazón era suyo y después de destrozarlo lo pisoteó. Yo la quería y no puedo imaginar mi vida sin ella. Todos estos años juntos se han esfumado por culpa de él. Los dos teníamos un futuro, yo quería tener hijos. Ella era mía y de nadie más.

Todo era perfecto y vino él con sus ideas de que no era libre y que no podía consentir mis arrebatos y se la llevó. Todas esas mentiras consiguieron alejarla de mí. Tal vez no tendría que haberle pegado con tanta fuerza. Sigo sin creer que yo le hubiera hecho tanto daño. Seguro que le dijo a su amiguito que le golpease para luego decirle al forense que fui yo. Yo nunca le haría tanto daño de no ser por él. Si pudiera lo mataría y a ella también.

Ahora se ha ido. Debieron de aprovechar que me tenían retenidos esos estúpidos policías para vaciarme la casa. Se ha llevado mis cosas: la ropa que le compré con mi dinero, mis maletas, mis fotos,… todo me había costado mucho dinero y tiempo. ¡Eran mis cosas!

Y me deja esta estúpida carta. No quise ni leerla. Seguro que sólo eran más mentiras. Lo peor es que también me han despedido del trabajo porque dicen que mi ira asusta a los clientes y que no puedo pegar a nadie. ¡Él me provocó!

Todos están en mi contra, todos me odian, pero yo la quiero. Sé que con esto ella volverá. Le gustan los dramas y yo le voy a dar uno. He escrito una carta donde me despido de ella y le pido perdón. Le digo todas esas cosas que ella quiere oír de que la culpa era mía, de que tenía que haberla respetado y que ella es mi único amor… eso último es verdad.

He asegurado la cuerda en el gancho de la lámpara e hice una llamada a la policía diciéndoles lo que iba a hacer. Me tuve que aguantar la risa cuando se puso al teléfono esa inútil. Ahora dejan que cualquier cosa con bragas pueda ser policía y se creen que tienen poder. Como esa jueza que me dijo que no me podía acercar a mi mujer. Pero son mujeres y son fáciles de engañar.

Dejé el teléfono descolgado para que me localicen y les doy unos minutos. Ahora me toca actuar. Me paso la soga por el cuello y pruebo como sería. Flexiono las rodillas y el nudo empieza a apretarme cortándome la respiración. Mi cara empieza a cambiar de color. Me veo a través del espejo que tengo enfrente. Desde luego hay que ser estúpido en hacer esto pero si así viene cualquier cosa vale. Cuando no puedo aguantar más me incorporo y aflojo la soga, aun no me ha dejado marca.

Nuevamente repito la operación. Esta vez flexiono las rodillas un poco más. La cuerda empieza a hacerme daño en la piel pero yo aguanto mientras mi cara vuelve a congestionarse. Primero roja y poco a poco un color violeta. Cuando no aguanto más intento levantarme pero mis pies resbalan. ¡Joder! Intento aguantarme con las manos mientras busco la silla con mis pies. Al otro lado del espejo un hombre asustado me devuelve la mirada mientras su cara empieza a volverse añil. Quiero aire, quiero vivir… Antes de perder el conocimiento completamente esa cara añil tuerce su boca en un gesto de burla mientras que me miento pensando que tal vez la policía llegue a tiempo.

martes, 14 de octubre de 2008

Marrón

Toda mi vida se reduce a un mero excremento sobre el cual me sitúo ahora mismo. Todo lo que me rodea o lo que toco apesta tanto que no soy capaz de pensar con claridad. Sobre esta montaña de desechos orgánicos reconozco que estoy donde merezco estar. Nunca he sido capaz de hacer que nada funcionara, ni mis estudios, ni mis parejas, ni mi vida familiar y mucho menos los trabajos.

Una infinidad de oficios distintos que lo único que tenían en común era que en todos me sentía igual que ahora mismo. La falta de iniciativa propia, y la ausencia de estudios por mi parte, supongo que han contribuido a que nunca supiera lo que es cobrar una nómina completa. A mis casi cincuenta años conozco a la perfección las miserias de los trabajos temporales. Repartidor de motocicleta para una multitud de locales de comida rápida para los que yo no era más que otro M.M. (Mierda Motorizada); limpiador de escaleras, cosa que duró poco tiempo porque no sabía limpiar; repartidor de publicidad, al final me vieron tirando los folletos a un contenedor y acabé sin trabajo y sin dinero; reponedor de almacenes, otro trabajo para un M.M. (Mierda Musculada), también me despidieron por haber cogido un par de botellas; camarero, paseador de perros, limpiacristales, pinche de cocina, albañil, pintor sin futuro y un sinfín de trabajos basura que ya no soy capaz de recordar. Nunca llegué a durar más de dos meses en ninguno de ellos. Yo creo que los jefes se encontraban intimidados por mi presencia porque sabían que yo valía más que ellos.

Toda esa situación laboral repercutió en mi vida social y familiar. Tampoco conseguí mantener una pareja estable más de ese tiempo. Las guarras sólo querían estar conmigo por culpa del dinero y tan pronto me quedaba sin trabajo me dejaban porque decían que no estaban dispuestas a mantener a un vago impotente. ¡Impotente! Lo que les pasa a todas esas golfas es que ninguna me pone. Las mujeres se creen que porque ahora puedan trabajar ya son más que los hombres y no dejan de ser unas fregonas. Mi madre lo sabía bien por eso nunca protestó pese a lo que le hiciera mi padre. Él sí que sabía como tratar a las mujeres y a los jefes. Él tenía un trabajo estupendo de barrendero y sin haber estudiado nunca. "Los libros siempre te llevaran a ser un parado más" me decía constantemente y tenía razón, pero al revés. De no haber sido un fracasado con los estudios nunca me encontraría en esta situación actual: sin trabajo, sin pareja, sin casa, siendo un alcohólico fracasado y sobre un montón de excrementos.

El problema de encontrarte sin expectativas y sin futuro en la vida es que luego nunca quieres hacer nada por salir del pozo que has creado. Empecé a moverme por los albergues y por las casas de la caridad. Algunas me exigían limpieza para poder ayudarme, otras que no oliese a alcohol y otras sólo que no les dieras problemas. Me recorrí medio país envuelto en una bruma etílica y despertándome cada día sobre un montón de papeles o de vómitos. Me convertí en lo que mi padre barría cada mañana.

La ventaja de ser un indigente es que nadie te ve y puedes andar por donde quieras, si no armas mucho ruido. Nunca tuve problemas hasta hoy y tampoco creo que vaya a tener más.

Me encontraba dormido sobre mis cartones cuando sentí que me arrastraban. Al intentar levantarme no pude, estaba inmovilizado y tampoco podía gritar ni ver. No sé durante cuanto tiempo me estuvieron golpeando. Varias veces perdí el conocimiento al sentir quebrar mis huesos. Cuando nuevamente recuperé el conocimiento sentí el olor y el calor de las heces que me envolvían la cara. Habían vaciado sus intestinos en mí y deseaba que todo hubiera acabado ahí pero las cosas nunca acaban bien en estas situaciones así que recé para que fuera rápido.

lunes, 13 de octubre de 2008

Negro

La oscuridad me acorrala y me domina. No puedo abrir los ojos y aunque pudiera sería igual, seguiría sin poder ver. Mis manos no pueden moverse ni mi piel puede sentir. Estoy muerto pero sigo vivo. Noto el aire frío llenando mis pulmones y rasgándome por dentro. Quisiera detener el corazón pero no puedo. Mi cobardía me impide seguir adelante. Dicen que el suicido es un acto de valentía pero pienso que es el acto más cobarde que existe, aunque ni siquiera tengo valor para ese segundo de decisión. Mis ojos están secos y mi corazón vacío. Vuelvo a caminar por las calles solo. Vuelvo a casa solo. Vuelvo a dormir solo. Y aquí estoy, cubierto por la oscuridad.

domingo, 12 de octubre de 2008

El Sexto

Hoy lo he vuelto a sentir. Mientras hacía el camino de regreso desde el trabajo lo pude percibir, sabía que estaba en alguna parte. La sensación se me está haciendo insoportable. He intentado muchas veces saber quién era, quién es la persona que me está acechando, pero no lo he conseguido. Pese a notar sus ojos en mi nunca he conseguido ver a nadie.

Todo comenzó hace unos meses o mejor dicho, fue cuando empecé a notar pequeñas cosas. Lo primero fue la correspondencia. Muchas cartas me aparecían como si las hubiesen pegado de nuevo pero no le di importancia al hecho de que tanta gente se equivocara a la hora de cerrar los sobres. Luego la ropa, me desaparecían prendas de las cuerdas: camisetas, pijamas, sostenes, tangas... y fue gracias a la ropa cuando me percaté de todo. Un día antes de marcharme de casa a la compra tendí la ropa, y para asegurarme a cada prenda le puse 3 pinzas. Al volver había tres huecos pese a que no soplaba ni una ligera brisa de verano.

Le daba muchas vueltas a la cabeza pensando en todas esas cosas cuando todo fue a más. Sonidos de pasos acompañándome fuera donde fuera. Llamadas telefónicas a horas intempestivas que se cortaban. Intenté presentar una denuncia a la policía pero me dijeron que "sin pruebas no podrían hacer nada aunque mandarían una patrulla por la zona". ¿Una patrulla? Veía pasar más veces a la semana al camión de la basura que al coche patrulla. Le empecé a pedir a mis compañeros que me acompañasen a casa por las noches para poder encontrarme más segura. Sabía que no eran más que conjeturas y percepciones pero cada vez estaba más aterrorizada. Y las cosas empezaron a aparecer fuera de su sitio.

Ya llevo varios días sin salir de casa. En el trabajo he dicho que estaba enferma y he aprovechado para cambiar la cerradura y rebuscar por toda la casa por si veía "algo". Las pocas veces que tengo que salir de casa lo hago parándome en todas las esquinas para mirar atrás. Alguna vez me pareció ver una sombra pero empiezo a dudar de todo lo que oigo o veo. Cuando regreso a casa vuelvo a tener esa sensación. Y sucede.

Me disponía a desnudarme para meterme en cama cuando al apagar la luz unos brazos me agarraron por detrás y me taparon los ojos y la boca ahogando mis gritos. Lo siguiente que he sentido es como me zarandeaban de un lado a oto sin poder hacer nada. Los sonidos de una respiración que no era la mía me rodeaban y un olor que me resultaba familiar. Una cinta adhesiva me inmovilizó las manos y me tapó los ojos antes de tirarme encima de la cama. Un tacto frío y húmedo empezó a recorrer mi cuerpo primero lentamente y luego mucho más brusco. Deseaba que todo acabase de una vez temiendo el desenlace final pero por lo menos estaba feliz por una cosa: no me estaba volviendo loca.

sábado, 11 de octubre de 2008

El Tacto

Nunca he pretendido destacar ni llamar la atención. Se me podría definir como la típica compañera de clase que sabes que está ahí y que sólo se suele recurrir a ella para pedirle los apuntes, nada más. Tampoco destacaba por mis notas que eran de lo más normal y eso que me esforzaba por mejorarlas. La definición más común con la que me definían era con un simple "es de las del montón". ¿Del montón?, ¿del montón de qué?, ¿de mierda? Cada vez que escuchaba eso me entraban ganas de gritar y decirles cuatro cosas pero nunca me atreví a hacerlo, eso contradecía mi espíritu. Yo no pretendía ser nada más que lo que era y si alguien era lo suficientemente perspicaz ya me descubriría. Y así pasaron los años de instituto y más tarde los de la universidad, sin que nadie me descubriese.

Lo que llevaba peor era mis relaciones con los chicos, mejor dicho, la ausencia de ellas. Estaba claro que tampoco era de las que resaltaba en ese aspecto. Las únicas experiencias sexuales que había tenido habían sido conmigo misma y he de reconocer que eran muy satisfactorias pero quería algo más. Debía de ser de las pocas mujeres que con 23 años nunca le habían propuesto llevarlas a la cama o a donde fuese y eso me frustraba.

Enfrente del baño yo tenía un espejo en el cual me miraba cada vez que salía de la ducha y no estaba nada mal, bueno, estaba aceptable. Tal vez me sobraban 4 o cinco kilos pero he de reconocer que la naturaleza se había portado muy bien en donde me había repartido esos kilos de más. Tenía un cuerpo bastante apetecible. Unas piernas bien hechas, un buen culo, la cintura se adivinaba bastante bien, los pechos bien plantados pese a ser una 100, y respecto a la cara y al pelo nada que objetar. Supongo que el problema residía en que nadie me había visto nunca así, ni siquiera la compañera que tuve de piso en la universidad. También he de reconocer que la forma en que me vestía no contribuía mucho a resaltar mi figura, mejor dicho: no contribuía nada.

En el trabajo solía escuchar entre susurros que yo vestía como si llevase un saco en la cabeza cada vez que elegía la ropa. Pero es que a mi me daba igual lo que opinaran yo siempre intentaba ir cómoda y floja. Me encantaba la ropa holgada con la que podía sentir el roce de la tela en mi piel cada vez que andaba. No comprendía a esas mujeres que les encantaba ir tan... encorsetadas. Me gustaba notar mis pechos cada vez que movía. Supongo que si mis compañeros supieran que nunca llevaba sujetador se abrían fijado en mí, pero no quería ser "una de esas". También me gustaba llevar el pelo suelto. Tenía una melena riza la cual me tapaba la cara y que sólo recogía cuando me sentaba delante del ordenador.

Y así pasaban los días. Nunca pretendí ser otra persona y siempre esperé a que llegase ese momento especial hasta hoy. Estando en el metro noté como una mano me rozaba, al principio creía que era uno de esos típicos cerdos que se entretenían tocando a las mujeres pero notaba en esa forma de rozar algo distinto, algo que me gustaba. Así que opté por no hacer nada y dejarle hacer. Notaba su inseguridad en cada caricia. Notaba como se deslizaba en mi cintura como si fuese el pliegue de la ropa. Me estremecía con cada caricia creyendo que no podría contenerme. Su mano se deslizaba suavemente por mi espalda hasta tocar el pelo. Era imposible que nadie se diese cuenta de lo que estaba pasando. Cuando la sentí en mi cuello tuve mi primer orgasmo no causado por mí. No podía más y decidí darme la vuelta y en ese mismo instante me enamoré.

Ya llevamos casi dos años juntas y todavía me estremezco recordando esa primera caricia, esa primera vez. Y soy feliz de ser como soy.

jueves, 9 de octubre de 2008

La Vista

No entiendo como no he podido darme cuenta antes, las cosas no aparecen del día para la noche. Supongo que la culpa en parte era mía por no querer verlo pero ahora que he analizado nuestra vida juntos tengo que reconocer que él nunca me engañó, me engañé yo sola.

Esto ya viene desde siempre, supongo. Al principio yo le justifiqué todas las cosas. Todos sus desplantes, todos los desprecios que no quería ver, su falta de afecto. Pero todo eso lo suplía con el cariño que yo le procesaba. Me daba igual que no me quisiera mientras estuviese conmigo, lo peor es que yo creía que eso era amor.

El que él quisiera acostarse conmigo me llenaba, me daba igual que todo acabara en unos pocos minutos, me daba igual no haber sentido nunca un orgasmo, porque yo creía que en el fondo eso era el amor. El amor era una entrega plena por mi parte, él ya hacía bastante yendo a trabajar para mantenerme.

Y luego vinieron los hijos. Yo sabía que él no quería niños pero le convencía para que tuviésemos dos. ¡Que tonta era! para él los niños fue lo mismo que cuando cambió el coche o cuando cambiamos de piso, una forma de demostrar su hombría. Me daba igual todo lo que me decía mientras estaba embarazada. Me daba igual como me recriminaba lo gorda que estaba y lo deformé, hasta no me importaba que mirase a las demás mujeres echándome en cara que yo no estaba así. Él estaba conmigo y no con ellas y yo tenía en mi vientre sus hijos.

Lo peor vino luego, cuando los niños nacieron. Yo no veía nada, estaba demasiado ocupada cuidando a los gemelos y atendiendo la casa y atendiéndole a él en todo lo que quería. No veía nada. Me afanaba en que los niños no le importunasen lo más mínimo, los padres no deben ocuparse de los hijos, eso es cosa de las mujeres. Ahora que lo miro desde la lejanía no recuerdo una sola caricia de él hacia ellos, ni un beso. Yo justificaba su frialdad y falta de sentimientos e intentaba compensarlo con mi cariño. Pero con los niños empezaron los gritos. Que si no le dejaban escuchar la televisión, que si hacían ruido cuando jugaban, que si no le dejaban descansar, que si no le dejaban follarme..... y fue entonces cuando empecé a ver.

Hace unos meses que nos hemos divorciado. Yo no me sentía capaz de superar la separación y no creía que él pudiera vivir sin nosotros, por suerte para mi las cosas no fueron así. El mismo día que se fue de casa marchó a casa de una amiga mía. Por lo que parece llevaban muchos años viéndose. Mejor para todos, ella odia a los niños y gracias a ella él nunca luchó por ellos. Encontré trabajo haciendo lo que mejor sabía hacer, trabajando en una casa. Creía que no podría hacerlo pero el empezar allí y ver a un matrimonio joven como yo, como se querían y como idolatraban a sus hijos fue como ponerme unas gafas delante de mis ojos. Ahora tengo tiempo para mí, para mi vida y lo que estoy viendo me gusta.

miércoles, 8 de octubre de 2008

El Gusto

Cada vez que me miro al espejo veo lo mismo, un monstruo horrible. Por mucho que intento ser objetiva y por mucho que intento dejarme convencer no hay forma: esa persona que veo no soy yo, o por lo menos, no es quién quiero ser. Me sobra grasa por todas partes aunque ya no tanto para mi metro setenta.

Mi novio tenía razón y supongo que por eso me dejó. Mi cuerpo no se parece en nada a las mujeres que a él le gustaban. Tenía mucho culo, mucha pierna, mucho pecho, mucha papada.... mucho de todo. Pero eso ya ha cambiado desde entonces, ahora ya no estoy tan gorda. Me sobran unos 10 kilos para estar en mi peso ideal. Lo peor de todo es lo pesada que se vuelve la gente con la comida, está obsesionada con que debo de comer a todas horas. Si sabré yo lo que tengo que comer.

Tengo todo totalmente controlado para que no me falte de nada en la alimentación ni en la dieta. Ya tomo complejos vitamínicos para que me ayuden e infusiones para eliminar líquidos. También tomo todos los días un laxante ligero para ayudarme a eliminar más toxinas. También tomo unas barritas de esas que te suplementan las comidas que están deliciosas. Me encantan las que saben a chocolate. Se me hace la boca agua de solo pensar en el chocolate. Claro que cómo voy a tener hambre. ¡Tanta comida en la mesa! Nada más verla me entran las náuseas y tengo que hacer un esfuerzo para tomarme la ensalada que me prepara mi madre. Apenas acabo de comer me levanto y voy al baño. La comida no me aguanta en el cuerpo y acabo vomitando todo. Tengo que decirle que no me ponga tanta comida en el plato. Ella ya sabe que con una rodaja de tomate y un par de hojas de lechuga ya me llega. Mi organismo no necesita más. Y pese a todo me tuve que tomar un bistec y un yogur. El estómago me duele con todo lo que comí. Las madres se empeñan en que comamos todo lo que hacen, parece que sólo estamos bien si estamos gordas y ahora ya no voy a tener más hambre el resto del día....

Hace un rato que me he despertado y mi madre se alegro mucho al verme. Me dice que ahora todo va a ir mejor y que no tengo que preocuparme. Que todo será distinto. ¿No sé por qué me dice eso? Al ir al baño del hospital y verme en el espejo me doy cuenta que ya estoy bien. Por fin he llegado a mi peso 35 kilos. Lo peor es que no sé si ahora podré hacer que él vuelva conmigo. Pero si no le gusto siempre puedo adelgazar un poco más. Lo que pasa es que me encanta el chocolate.

martes, 7 de octubre de 2008

El Olfato

Ya no lo soporto más. Cada vez me resulta más difícil el dejar que se acerque a mí. Me repugna su olor, su tacto, sus... babas. Al comienzo todo era distinto, nos divertíamos juntos, salíamos juntos,... nos emborrachábamos juntos, si es que los borrachos están juntos en su borrachera. Parecíamos hechos en uno para el otro y hubiera sido así si yo no hubiera tenido el accidente. Siempre decimos que fue un accidente porque nos da miedo reconocer la verdad.

Era una mañana como cualquier otra. Estaba sola en cama como muchas otras veces y escuché los gemidos de mi hija. La pobre sólo estaba llorando de hambre o porque había que cambiarla pero esos llantos me estaban volviendo loca. La noche anterior había acabado con la reserva de vodka que teníamos en casa y esa mañana no estaba como para soportar eso. Primero intenté clamarla entre mis brazos pero lo único que conseguí fue que llorase aun más, yo apestaba a alcohol y vómitos secos que ni siquiera sabía que tenía. Luego empecé a impacientarme y la dejé en la cuna mientras buscaba algo para calmar mi ansia al tiempo que yo paraba de gritarle que se callase. Pero cómo me iba a hacer caso una niña de apenas unos meses. Al cabo de unos minutos empezaron las sacudidas a la cuna cada vez que me acercaba. No encontraba nada, todas las botellas estaban vacías. Y fue entonces cuando sucedió. El último golpe que le di a la cuna fue lo suficientemente fuerte para que ella se callara y aproveché para ir a buscar "algo" a la tienda. Cuando regresé, más calmada, me acerqué a ella para arroparla pero ya no hizo falta. Nunca más la podría escuchar llorar. Al azahar y la dulzura que manaba de mí es lo último que recuerdo hasta que él nos encontró abrazadas y envueltas en un mar de sangre, de mi sangre. Dicen que es bueno tener amigos hasta en el infierno y desde luego a veces parece que eso es verdad. Su muerte fue declarada a un accidente fortuito. Hace dos años de ese accidente y desde entonces no he vuelto a beber.

Ahora me rodea un mundo de olores. En su habitación todavía hay el olor a la ropa que llevaba, el olor de la colonia, el olor de la inocencia. En el resto de la casa el olor predominante es el de la lejía, tardé meses en quitar el olor a vino barato, vodka, ginebra y whisqui que tenía la casa. El único sitio que persiste ese olor es el de la habitación. La cama, su ropa, todo lo que usa huele a alcohol, lo triste es que ese era mi mundo no hace mucho.

Al principio de mi "nueva actitud" acepté reprimenda, cada grito, cada tortazo, cada golpe, cada violación como una forma de expiación de mi culpa. Al fin y al cabo si no hubiese sido por él ahora estaría muerta pero lo peor son los olores, los olores a muerte que me rodean. Mi único consuelo es que dentro de unos meses él dejará de existir, el cáncer me va a dar una nueva oportunidad para rehacer mi existencia. En el fondo soy una afortunada muchas no tendrán mi suerte.

lunes, 6 de octubre de 2008

Gula

¡Qué caramelos más ricos! Yo de mayor lo único que quiero comer es caramelos. Ya sé que dicen que no son buenos pero eso es mentira. No conozco a ningún niño que se haya muerto por comer caramelos y eso que dicen de los dientes también es mentira. Mi abuela no come ningún caramelo y tiene unos dientes de plástico. La primera vez que se los vi me asusté mucho. La fuimos a ver al hospital por culpa de algo con la tensión de las venas, que no sé que es eso electricidad, y tenía al lado de la cama unos dientes de muerto. Luego me dijo mi papá que eran dientes de plástico porque se le habían caído los dientes. Así que eso de que los caramelos hacen que te caigan es mentira. ¡Sí, gracias!

Hay algunos niños que todavía se creen eso, pero son pequeños. Yo ya tengo seis años y soy mayor. Ya sé leer y escribir. Y pronto van a acabar las clases y van a venir los Reyes y Papá Noel. Este año he sido muy bueno y por eso me lo van a traer todo. Incluso, el otro día, vi un regalo que Papa Noel dejó ya en casa para no tener que traerlo ese mismo día porque tiene el trineo muy cargado y no le cabe todo. ¡Sí, también me gustan los caramelos de fresa! ¡Son mis preferidos! ¿Qué le pido? Bueno, le pido pocas cosas: Un muñeco, un juego de coches, un coche teledirigido, una bicicleta para aprender a andar, mi mamá me dijo que también le pidiese algo de ropa, un robot transformable, un juego de fichas... y el regalo que estaba escondido creo que es la consola. Este año sí que me he portado bien.

Gracias. Vaya, ¡cuántos caramelos tienes! Mi mamá hoy no está conmigo está mi tía. Es aquella señora de allí. Es un poco tonta pero de vez en cuando me compra alguna chuchería. A ella no le gusta estar en el parque y por eso se trae un libro y se lo pone a leer. Tengo que ir de vez en cuando a decirle como estoy pero alguna vez no he ido y tampoco pasó nada. ¡Mira como subo! ¿A que soy mayor? Los niños pequeños no pueden llegar hasta aquí arriba. El año pasado tampoco podía subir yo pero ahora soy fuerte. Los caramelos me dan fuerza.

¿Mis papás? Mis papás están trabajando. Mi papá trabaja en una oficina con papeles y mi mamá es abogada. Va a muchos juicios y me dice que ella se encarga de que los malos vayan a la cárcel. Yo de mayor voy a ser policía para ayudar a mi madre. Claro que tengo pistolas pero no me dejan llevarlas al colegio, dicen que no se puede llevar armas porque podemos hacer daño. Eso también es mentira. Son pistolas de juguete, aunque una vez maté un oso con mi escopeta. Era enorme, mayor que una montaña y yo no tenía miedo. ¡Que sí, que es verdad! Y le disparé y cuando cayó la piel se transformó en una alfombra que ahora tenemos en casa. ¿Me das otro caramelo?

Sí que tengo sueño. Me dices que me llevas a ver a mi papá. Vale pero tengo que avisar a la tiíta. ¿Ya la has avisado? Bueno, pues entonces vamos, aunque me vas a tener que llevar en brazos, tengo un poco de sueño. No, no quiero más, creo que los caramelos me han dado sueño...


...¡Por favor! ¡Quiero ir con mis papás! ¡Quiero a mi mamá! No por favor, no me lo hagas otra vez, seré bueno pero no me lo hagas más. No, más caramelos no, ¡no quiero volver a dormir!

sábado, 4 de octubre de 2008

El oído

El silencio es algo a lo que me estoy acostumbrando. Hace unos meses me parecía imposible que todo el ruido que me rodeaba fuera a desaparecer: los gritos, los portazos, el volumen de la televisión o de la radio,... los ruidos de mi vida cotidiana y la de mucha otra gente. No se como he llegado hasta aquí. Es como si estuviese recordando una película antigua en la que la protagonista se da cuenta de lo mal que lo pasaba y que lo que necesitaba era un empujón que nunca llegaba. Adoro el silencio.

No me imaginaba el placer que suponía el despertarme sin ningún ruido a mi lado. Ningún gruñido. Nada de la música distorsionada de un horrible despertador. Nada de encender la televisión antes de preparar "su" desayuno. Nada de escucharlo refunfuñar por el agua, por la comida, por la ropa, ... por cualquier cosa. Nada de voces salidas de tono e insultos. Nada de asustarme cada vez que siento cerrar la puerta y oigo unos pasos. Nada de asustarme cada vez que escucho mi nombre o cada vez que oigo su voz. Nada de asustarme si oigo mi piel sonar bajo su mano y olvidar por fin los gemidos que no quiero que salgan al exterior. Nada de resoplidos ni bufidos sobre mí. Nada de nada, sólo silencio.

Creía que nunca me acostumbraría al silencio, ¡qué equivocada estaba! Y sólo me hizo falta que mi voz fuese escuchada por quién quería oír. Sólo me hizo falta valor para dejar de escuchar los sonidos del miedo y remplazarlos por un silencio que me embriaga cada vez que llego a casa. Sé que los ruidos no volverán porque ahora el que teme mi voz es él. Me encanta el silencio.

Espero poder escuchar algún día una música, unas palabras, unos susurros, que me lleguen al corazón pero mientras vivo feliz con mi silencio.

viernes, 3 de octubre de 2008

Lujuria

Ariadna es una niña preciosa. Tal vez la más guapa de su clase y de todo el colegio. De eso no cabe la menor duda. Todos los niños han tenido fantasías nocturnas con ella y su forma de ser la hace más atractiva aun, si eso es posible. La forma de ser totalmente desinhibida y su permanente sonrisa la ha convertido en popular, cosa que ya sólo con el cuerpo habría conseguido. El desarrollo precoz que tuvo con ocho años y la gran opulencia de sus senos hace que resulte inevitable el darse cuenta que con nueve años ya es una mujer.

La forma de vestir tampoco ha contribuido a su anonimato. Pese a que en el colegio el uniforme es una prenda obligatoria la forma de ponerla y el tamaño de la misma suele variar de unos alumnos a otros. Los niños acostumbran a ir de una forma lo más desarreglada posible. Camisa por fuera, cazadoras poco discretas, pese a ser todas azules, peinados extravagantes, pendientes, pulseras y demás abalorios que les hacen ser perfectamente distinguibles los unos de los otros dependiendo del entorno por el que se muevan. Pero con las niñas es distinto. Casi todas parecen vestir el mismo uniforme que tenían en preescolar, dejando ver la majestuosidad de sus piernas, y las camisas se elevan lo suficiente para dejar vislumbrar sus ombligos. Ninguna se maquilla totalmente pero las barras de labios discretas, la línea de los ojos, un poco de colorete o un peinado espectacular las hace convertirse en algo más que niñas. Ellas lo sabían y ellos también.

Y de todas las nereidas la que más destacaba era Ariadna. En ningún momento ocultaba lo que la madre naturaleza había modelado tan delicadamente sobre su cuerpo. Muchos profesores habían sentido lo mismo que esos niños pero siempre se habían contenido o contentado con meros roces imperceptibles. Era la flor de un jardín yermo. No había nada que no destacase en ella. Su pelo negro y ondulado, sus ojos verdes, sus labios carnosos, su sonrisa eternamente feliz, su cuello que finalizaba justo donde las miradas se perdían, la gracia de sus manos, sus piernas perfectas... todas las cosas que una mujer podría imaginar para perfeccionar su cuerpo se habían reunido en ella. Nadaba en un mar de deseo y envidia y salía triunfante cada día.

Tal vez fue su perfección la que le causó los problemas. Los adultos saben como controlar sus instintos, sobre todo cuando están siendo supervisados para que nada malo suceda, pero el problema siempre surge con los niños. Todavía no son más que un volcán de hormonas dispuesto a explotar en cualquier rincón. Cartuchos de dinamita que hay que tratar con sumo cuidado para que no exploten. Pero pese a todos los intentos porque las cosas no sucedan siempre sale algo mal.

No se puede saber con exactitud de quién había partido la idea original porque una vez en marcha todos eran partícipes de la misma. Todos fueron los autores y todos los culpables. Desde que Ariadna había empezado a estar tonteando con niños parecía haber madurado más aun y la fruta que ella era se había hecho un manjar deseado. Después de la clase de gimnasia ella solía ser la última en salir del vestuario, necesitaba tiempo para salir impecable del mismo y ese detalle lo aprovecharon varios de sus compañeros.

Cuando los profesores la encontraron estaba tendida en el suelo inconsciente y desnuda. No fue más de una hora pero en ese tiempo fue golpeada y violada reiteradamente por más de diez niños. Cuando acabaron con ella siguieron golpeándola hasta que su cabeza no pudo aguantar más. Tal vez temían lo que ella pudiera decir de ellos. Tal vez fue ese último golpe el que hizo que su tiempo se detuviera para siempre, tal vez fue su mente que no quiso seguir creciendo. Ariadna sigue siendo una mujer hermosa pero su mente mantendrá para siempre esos nueve años en los que su vida y su inocencia murieron.