martes, 28 de octubre de 2008

El cazador

Estoy sólo en la noche, aburrido de aguantar miradas estúpidas de mujeres estúpidas. La mayoría se creen que no tenemos otra cosa más que hacer que andar como animales en celo tras de ellas. Las jóvenes de hoy en día son las peores, con esa prepotencia y esa autosuficiencia manifiesta, ¡ilusas! La mayoría no conocen a un hombre más que en sus mejores sueños. Están acostumbradas a esos petimetres de medio pelo que presumen de su musculatura de gimnasio cuando en realidad no son más que muñecas lloronas que no soportan que les maltraten. Ya me he aburrido de ellos y de su forma lastimosa de implorar perdón. Su hombría brilla por su ausencia. Podrán presumir de estar con muchas mujeres pero ninguno ha poseído a ninguna, los niños no son capaces de eso.

A mí ya me aburren hasta los juegos insulsos salidos de malas revistas para adolescentes. El sexo es mucho más que un juego, es una forma de vida. Hay gente capacitada para aguantar horas y horas en la cama con una mujer y son incapaces de hacerla gozar. Hasta hay algunos tan deplorables que organizan sus encuentros y llevan un maletín con "su juguetes". Me imagino yo la cara de sorpresa de la partener de turno cuando de un maletín de ejecutivo empiezan a salir todo tipo de instrumentos usados una y mil veces, bueno, mil veces no, mejor alguna que otra vez. Soy mujer y me pasa eso y el pobre saldría corriendo de la habitación espantado por mis carcajadas.

Lo que realmente interesa es la improvisación. Pero hay que tener en cuenta que improvisar no es mentir descaradamente. Como los tíos que aseguran ser fotógrafos y en su puñetera vida han visto más cámaras que las que les regalaron en la primera comunión. Yo estuve una temporada usando esa estratagema y realmente estaba involucrado en mi papel, hasta tal punto que me salieron ofertas de trabajo como fotógrafo profesional. Me encantaba retratar a las mujeres. Verlas perder poco a poco la timidez frente a la cámara hasta deshinibirse totalmente. Tengo algunos reportajes que serían la envidia de cualquier revista pornográfica tanto por lo expuesto como por la calidad de lo creado. Tampoco hay que ser excrupuloso con quién elegimos, sólo hay que tener claro lo que queremos obtener y perseguirlo.

Otra temporada empleé mis conocimientos como masajista para romper el hielo. No hay como insinuar que uno es masajista profesional para que te surjan multitud de candidatas dispuestas a desnudarse con tal de que les toques un poco y las dejes bien. En eso último era un auténtico experto. Claro que para que todos estos trucos funcionen hace falta saber cómo emplearlos. Hay que estudiar a cada mujer detenidamente. Después de todos estos años se podría decir que soy un auténtico especialista en conseguir lo que quiero. Lo que más me había costado había sido el pasar por profesor de derecho en la universidad. Estuve semanas estudiando leyes y acabé yendo a la universidad para hacerme pasar por un profesor trasladado. Llegué a dar una conferencia y a acostame con casi una docena de mis "alumnas".

Hoy me he fijado en una chica que para la mayoría pasaría inadvertida. No es ninguna preciosidad pero se mueve como si el sexo fuera su razón de ser. Va dejando señales a casi todos los hombres que no se percatan de ellas. Con suerte alguno le devuelve la sonrisa, esa sonrisa estúpida que parece pedir perdón. Su melena riza estará bajo mis manos esta noche.

Me dirijo hacia ella intentando que no se percate de mi presencia y la escucho. Por la forma de hablar parece ser fotografa o algo relacionado con la fotografía. Me parece muy fácil. Ella se ha dado cuenta de mí y su mirada me demuestra gran complicidad. Somos dos tiburones en medio de un banco de peces dormidos. Más que sentir atracción nuestras enegías colisionaron. Cuando le dije que yo era fotógrafo se rió dudando me mí mentira pero accediendo sin embargo a ver como seguía la noche. A partir de ese momento mis esfuerzos se centraron en conseguir a esa mujer en cuerpo y alma, en cuerpo lo estaría en unas horas.

Quedamos en que iríamos a su casa a sacar algunas fotos pero se sorprendió cuando del maletero del coche saqué una maleta con el equipo fotográfico. En mi interior me sonreí por la batalla que acababa de ganar. ella estaba dispuesta a acostarse conmigo pero ese golpe de acto me hizo llevar a mí la iniciativa nuevamente. Una vez en su casa tomamos unas cuantas copas que se sumaron a todas las que ya llevábamos. Le dije que se pusiese cómoda mientras preparaba todo y ella empezó a desnudarse. Aunque era lo que yo pretendía no le dejé. Le sugerí que lo hiciese lentamente para poder hacer un reportaje en condiciones de como se iba transformando en un objeto del placer.

Los dos estábamos disfrutando. Me confesó que ella ya había hecho alguna cosa con amigos suyos y eso hacía que la naturalidad fuera perfecta. Una vez desnuda le sugerí un juego: Le ataría con cinta y fotografíaríamos toda la escena como si de una violación se tratase. Aun bien lo había dicho ella me indicó donde teníamos que ir. La até boca abajo con las manos en la espalda y empecé a tomar fotos mientras ella se retorcía para mí. La imagen era perfecta pero me faltaba el terror de su cara.

Como soy un perfeccionista le tapé la boca y en ese momento noté mi erección. No sé si ella contaba con lo que pasó después. Con todo mi vigor y sin ninguna piedad la forcé por todos los agujeros que quedaban al descubierto. Me tomaba el tiempo necesario de ir sacando las fotos a los cambios que ella tenía en la expresión. Como pese a todo no me convencía le golpeé unas cuantas veces. Ahora era perfecta. Yo estaba cansado pero no había prisa y me tomé el tiempo necesario para recuperarme y seguir tomando mi reportaje. Hasta la dejé sobre el suelo y me hice el dormido. Me encantó verla arrastrándose por el pasillo. Cuando la alcancé ella intentó gritar otra vez pero yo ya estaba nuevamente dispuesto. Tardé casi seis hora en acabar el reportaje y luego una hora más en dejar todo limpio. No contaba con acabar esa noche con dos reportajes tan magníficos: Una sesión de violación y una "gore" por el mismo lote.

Hay días en los que uno tiene suerte.

lunes, 27 de octubre de 2008

Ángeles

Creo en los ángeles porque los he visto. Sí, se reirán de mí, pero es cierto. La gente se cree que esas cosas no son más que fábulas para niños pequeños, y puede que tengan razón. Es como los cuentos de caperucita, las cabritillas, Rizos de Oro o un sinfín de historias para no dormir. Gracias a ellos sabemos que la soledad es el primero de los miedos y luego va la oscuridad y más tarde la confianza. El poder de los cuentos y las leyendas está en que nadie cree que sean ciertas. Eso era lo que me pasaba a mí. Otro punto a tener en cuenta es que siempre idealizamos las cosas. Por ejemplo, las sirenas, esos seres bellos y hermosos dispuestos a salvarnos la vida. Por lo menos es lo que queremos creer, nadie adoraría las sirenas si las representásemos como los monstruos carnívoros y sádicos que son. Unos seres que se alimentan de nuestra sangre cual vampiros y que nos atraen con su canto como el flautista de Hammelin. No, nadie quiere creer en eso.

Algo parecido me pasó con los ángeles. Unos seres de luz que nos guían y aconsejan para protegernos. Unos bellos seres eternos que están en el paraíso y que nos acompañan a él. Incluso para no caer en el error de confundirnos inventamos a los demonios, esos ángeles caídos que nos llevan al mal y a la condenación. Los roles estaban claros: los ángeles, el bien y la luz; los demonios, el mal y la oscuridad. Dos fuerzas que habitan entre nosotros en equilibrio.

Antes también creía en eso, y antes estaba enamorado. Fue duro perder al mismo tiempo la inocencia y el amor. Se llamaba Eva, fue mi primera y última mujer. Nuestra vida era parecida a un paraíso. Nos adorábamos y todo era perfecto. Un trabajo en el que nos valoraban, una hija en camino y amor, mucho amor. No nos imaginábamos la vida sin estar juntos. Y cuando todo era perfecto sucedió.

Ella se había puesto de parto. Todo el embarazo había sido "de libro", como decían los médicos. Entre las contracciones y los primeros espasmos de parto apenas habían transcurrido 40 minutos. Ya lo habíamos hablado con la matrona y yo iba a estar delante cuando naciera nuestra hija. En ningún momento paramos de decirnos cuanto nos queríamos. Y una vez en el paritorio en cuando vi a los ángeles, eran dos. Ellos se sorprendieron porque no se esperaban que nadie los pudiera ver. Observé una luz extraña al lado de la matrona y cuando pregunté que era es cuando se me mostraron. Sabía que nadie más podía verlos. Estaban envueltos en una maravillosa luz y el cabello cubría sus rostros. Uno tenía unas alas blancas como si de un majestuoso Pegaso se tratase. El otro, en cambio, las tenía plegadas en torno a su cuerpo como una capa de color marrón, me recordaba a las gárgolas de la serie Gargoyles. Al fijarme en las manos me sorprendí porque en vez de dedos tenían una especie de garras que no paraban de moverse. El ángel oscuro me miró y en su rostro sólo pude ver unos ojos poderosos que me penetraron el alma. Escuché en mi mente un grito que casi me hace caer. Un grito que me decía que me marchase. En ese momento Eva apretó con fuerza mi mano, estaba empezando el alumbramiento. Todo sucedió en segundos. El ángel de la luz atravesó a la matrona sin que esta se diese cuenta de su presencia y con sus garras desgarró el cuerpo que se asomaba de dentro de mi mujer. Por unos instantes pude ver como una pequeña alma se revolvía entre sus garras y luego desaparecía dentro de la monstruosa boca que había abierto ese ser. Intenté detenerlo pero entonces es cuando el ángel negro se abalanzó hacia mí y me penetró. Todo el mundo desapareció y en mi cabeza empezaron a aparecer un montón de imágenes que me hicieron comprender.

Sí, eran seres eternos del bien y del mal, pero se alimentaban de nuestras almas para poder existir. Estaban siempre ahí y siempre en equilibrio. Eran ellos, los ángeles negros los que se encargaban de que el hambre de los ángeles de la luz no se desbordase. Me hizo ver que si ellos no existieran nuestra vida nunca llegaría a seguir porque a los ángeles les encantan las almas puras. Entonces escuché un grito. Eva sabía que algo acababa de suceder, que su hija había muerto delante de ella, que le habían arrebatado la vida. Mi ángel me soltó y pude ver como extendía sus alas membranosas. Poso su boca sobre Eva y empezó a aspirar.

El cuerpo de Eva empezó a marchitarse. Para los médicos yo no era más que un loco que daba manotazos al aire mientras mi esposa y mi hija morían delante de mí. Cuando acabó de alimentarse me miró y me dijo una cosa que cambió mi vida. Me dijo que la única forma de que pudieran morir era que alguien matara a su alimento justo cuando ellos comían. Cuando me lo dijo no supe realmente el porqué lo hacía pero creo que después de tantas muertes a mis espaldas lo comprendo. Ellos están condenados a la eternidad y eso les aterra. Aun no he encontrado a los ángeles de mi mujer y mi hija pero vivo con la esperanza de hacerlo algún día porque cuando a las pocas semanas de su muerte yo cometí el primer asesinato me convertí en lo que perseguía. El alma de ese ángel entró en mí transformándome en un ser semejante a ellos. Un ser de la oscuridad y de la luz. Un vampiro de almas eternas, un ángel inmortal.

domingo, 26 de octubre de 2008

Blanco

En el fondo no es importante lo que uno piensa o sabe. Esa es la primera premisa de una relación, mejor dicho, de una relación abocada al fracaso. Está claro que ese fue uno de los motivos por los que ahora estoy así. Al final nos cansamos de estar supeditándonos a otra persona. No es fácil estar todo el día acatando órdenes y dejando que nos impongan su voluntad sin tener en consideración la nuestra. Hasta en el trabajo esa situación sería insostenible, aunque hay gente dispuesta a vivir eternamente esclavizada, eternamente humillada.

Lo triste es que una no se da cuenta de la situación en la que está metida hasta que es algo totalmente inevitable. Lo que me hizo percatarme de lo que me pasaba fue el tiempo. Algo curioso es el tiempo. Nunca nos damos cuenta de lo que nos influye en nuestras vidas. Los días soleados estamos más alegres y nos gusta vestir de una forma más jovial. Los días propensos para la apatía son los días lluviosos. Creo que les llaman ciclos circadianos. Pues fue un día cuando me di cuenta que todos mis días eran grises.

Ni en verano me daba cuenta del Sol. Sentada en mi mesa todo era gris. Cuando salía de casa el cielo estaba en penumbra y cuando acababa la jornada estaba igual. Y los fines de semana estaba encerrada en cuatro paredes. Nunca salíamos ni hacíamos nada, sólo estábamos encerrados. Pasaba las horas arreglando una casa impoluta mientras él veía la televisión o bajaba a tomar algo con los amigos. Sentada en mi mesa vi que mi vida era gris. Mi ropa, mis días, mi matrimonio, mi trabajo... estaba muriendo ahogada en un mundo sin color y todo me resultaba indiferente.

Tuve que ir al baño a llorar porque en ese instante todo se me vino abajo. Añoraba a esa niña que estaba llena de esperanzas e ilusiones y me aborrecía a mi misma. Tenía que hacer algo para intentar recuperarme a mi misma. Me pedí la mañana libre alegando molestias, después de 13 años sin una sola baja nadie me puso pegas pero tuve que dar muchas explicaciones para que no me acompañasen al médico. Hasta se extrañaron de que no ordenase mi mesa antes de salir. Una vez en la calle me miré en un escaparate que teníamos en frente y tomé una decisión.

Ese mismo día fui a cortarme el pelo y entré en una boutique a comprarme ropa. Una ropa blanca llena de luz. También esa semana me separé de mi marido y solicité el ascenso que tanto me merecía y nunca me atrevía a pedir. Y cada vez que salgo por la puerta y me veo en ese escaparate situado en frente de mi trabajo sólo veo una luz blanca saliendo de mi interior.

viernes, 24 de octubre de 2008

La abuelita

Le duele mucho pero no puede seguir en cama. En cama es peor. Lentamente se levanta ayudándose con una silla que deja todos los días al lado de la cama para esa función. 75 años son muchos si el cuerpo está lleno de achaques, y parece que a esos años los achaques es lo único que no cuesta coger. Cuando por fin se levanta inicia el protocolo de todos los días. Primero deja deslizar el camisón por las piernas y se dirige al baño a cumplir con sus primeras funciones del día y asearse. Por lo menos ella aun no tiene problemas en los esfínteres como sus amigas, ella le llama supervivientes.

Una vez aseada inicia las labores de limpieza de todos los días. Es increíble lo que se mancha la casa todos los días. Aun no han inventado nada para que no se llene todo de porquería. Si por lo menos estuviera en un piso tendría vecinas que le ayudaran cuando no puede más, aunque solo fuera moralmente, ya que otra cosa muchas veces no se puede hacer. Recuerda cuando era joven y toda esa labor no le llevaba más de una hora, hoy en día tarda toda la mañana y las cosas no quedan perfectas.

Lo que peor lleva es el trabajo del jardín. Peor, parece que esa palabra siempre aflora con la vejez, pero es cierto, preparar el terreno donde plantará los rosales es una tarea ardua. Todo el mundo admira lo preciosas que tiene las rosas, si supieran lo que cuesta conseguir el abono. Hace años que le dieron la receta y se prepara su propio abono orgánico, ya no se fía de esas cosas que ponen ahora y que hacen que todo huela fatal. Sale de casa hacia el invernadero donde hace todos los preparativos. Antes también lo usaba para cultivar flores dentro pero ya no, ahora es el lugar donde se prepara el abono.

El calor que hay en el interior hace que esté todo listo en mucho menos tiempo y así no tiene porque preocuparse tanto por si estará a punto o si va bien el proceso de fermentación. Tiene varias cubetas que va rellenado según lo necesita. Esta mañana se prepara a rellenar la cubeta que uso el mes pasado. Antes era más fácil conseguir la turba y desechos orgánicos, la red de alcantarillado ha puesto todo más complicado, por suerte le comentaron una receta que desde que la usó por primera vez sus rosas se han ido convirtiendo en la envidia de todo el mundo, hasta le hicieron una vez un reportaje y ya ha ganado muchos premios.

El truco del abono es añadirle un poco de carne para que así el proceso de fermentación sea más rápido. Ya tiene todo dispuesto y ya sólo queda trocearla bien. Menos mal que siempre hay chicos dispuestos a ayudar a una ancianita a traer las cosas a casa. Y mientras deja caer el hacha se ríe porque por lo menos ese tuvo la decencia de no pisar sus flores.

jueves, 23 de octubre de 2008

El Lobo

Nunca supe como decírselo, bueno, no es verdad. La verdad es que soy un cobarde y no quiero tener que mirar su cara, sus ojos. Tengo miedo de enfrentarme a ella. Además, la culpa no ha sido mia. ¿Quién iba a suponer que eso iba a pasar? Siempre habían ido bien las cosas para todos, hasta cuando ellos llegaron.

Eran un matrimonio encantador. Jóvenes, llenos de espectativas e ilusiones y una niña preciosa. Creo que tenía un año cuando llegaron al barrio. Le encantaban los animales. También tenían un pequeño caniche pero duró poco, creo que fue un coche o un camión, no lo recuerdo bien. Lo que sí que es cierto es que después de la muerte del perrito no quisieron tener más, pero a la niña le encantaban. Jugaba con todos los del vecindario sin tener miedo de ninguno.

Aun me acuerdo de todo como si se me hubiera quedado grabado a fuego. Era la noche de San Juan. Todos los vecinos solemos hacer una sardiñada ese día. Es una excusa para reunirnos, beber un poco y compartir miserias. No está mal. Los niños pequeños y las madres suelen estar alejados del fuego jugando mientras "nosotros" preparamos todo y aligeramos la carga de bebidas. Y los perros siempre intentan robar un chorizo o un trozo de carne. Es decir, una reunión como las de casi todo el mundo ese día.

Todo iba perfecto y entonces es cuando nos dimos cuenta que la vecina nueva estaba gritando. Cuando miramos hacia donde ella estaba no vimos nada anormal, los perros estaban peleándose por un trozo de carne que nos acababan de robar. Pero cuando nos acercamos.... ¡Dios, no era carne! estaban destrozando a la pobre niña. Todavía escucho el sonido de los huesos al romperse y la ropa y la carne desgarrándose.

Intentando liberarla matamos a los perros pero ya era tarde. Uno de ellos se escapó con un trofeo entre sus fauces, un trozo de brazo. Alguna que otra vez lo hemos vuelto a ver pero cada vez que nos acercábamos a él se escapaba corriendo. Desde entonces nadie de nosotros hemos vuelto a tener perro.

El perro que se escapó era el mio.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Amarillo


Lentamente me asomo al exterior. Todo está tranquilo aun así tardo varios minutos en decidirme a cruzar la calle. Nuevamente vuelvo asegurarme de que no hay nadie, lleno mis pulmones y empiezo a correr hacia la otra acera.



Vivo en un pueblo. Es el mejor lugar para poder disfrutar de la vida. Todo parece que sucede más lento pero que la intensidad es mayor. Cada pequeño suceso que rompe la rutina diaria se transforma en una noticia que en pocos instantes todos conocen. Hubo una vez que la mujer del alcalde, yendo distraída, como siempre, tropezó con el niño de Inma y cuando los gritos de esa histérica mujer se callaron todo el mundo sabía que la “alcaldesilla” había perdido los papeles.

La intimidad cobra otro matiz en un pueblo. No puedes estornudar en tu casa sin que el vecino te desee salud, solía decir mi padre. Las jornadas se inician antes de que el gallo cante. La gente sale contenta a trabajar en el campo. Las mujeres se quedan arreglando la casa y empezando a preparar los desayunos para unos infantes que aun descansan. Poco a poco las caras alegres de los escolares empiezan a sonar por las calles. Golpes a botes que se transforman en balones imaginarios, carreras, puertas que suenan clamando por sus compañeros de pupitre.

Pese a estar en el siglo XIX, la gente aun prefiere ir andando a los sitios. Es como si la tecnología sólo se hubiera hecho lugar en las viviendas. Casi todos tienen ordenadores gracias al alcalde, que es lo opuesto a su mujer. Con el fin de favorecer la conectividad acabó implantando red inalámbrica en todo el pueblo. Eso hizo que la gente entrase en la tecnología por la puerta grande. Tal vez si no fuera por él nadie hablaría a la “alcaldilla”.

Éramos un pueblo perfecto.

Luego llegó esa ola de independentismo que nadie entendía y que nos golpeó directamente en el corazón. Nuestro pueblo, pese a ser un lugar poco visitado, se hallaba a los pies de una supuesta frontera que nadie sabía que existía. Ya habíamos escuchado la noticia de la independencia pero a nosotros nos daba igual hasta que una mañana, a la hora en que los hombres salían al campo, una explosión nos levantó a todos. El ayuntamiento había desaparecido y con él la vivienda del alcalde. Aun bien no nos habíamos repuesto cuando nuevas explosiones sonaron desde la montaña, nos estaban bombardeando.

Los siguientes días fue un ir y venir constante de ambulancias, soldados, helicópteros… y bombas. Al cabo de una semana sólo quedaríamos vivos la mitad del pueblo. Los llantos y los gritos ya no había forma de acallarlos. Los pocos que habían intentado ir a la ciudad y escapar de la guerra habían sido abatidos como perros rabiosos. Nadie lo quería creer pero de todos los que salieron sólo un niño de 8 años volvió con su cuerpo impregnado con la sangre de sus padres. Pero eso fue el principio.

La guerra acabó al cabo de un mes y llegaron los francotiradores. Al principio algún soldado rezagado fue el blanco de sus mortíferas armas. Los intentos por acabar con ellos fueron inútiles, la guerra dejó multitud de ruinas y lugares donde cualquiera se podría esconder. Cuando se marcharon los soldados empezaron con nosotros.

Apenas quedaremos un centenar de personas en el pueblo que intentamos sobrevivir cada día con las pocas reservas alimenticias que nos quedan. El maíz ya se tendría que haber cosechado y los animales andan sueltos por el pueblo. Hoy me toca a mí conseguir comida.

A lo lejos veo una gallina picoteando frente a un esplendoroso maizal amarillo. Estoy escondido en las ruinas de una casa. Ya he cruzado varias calles y mi corazón está a punto de reventar de la tensión. Pienso en todos los que me esperan, los niños. Miro la comida que nos puede hacer aguantar un día más y empiezo a correr.

Un golpe en el pecho hace que me detenga completamente mientras me desplomo de rodillas. La gallina huye entre el amarillo que se abre ante mis ojos. El olor del campo me inunda y recuerdo. Recuerdo cuando el que se escondía entre el amarillo del maíz era yo.

martes, 21 de octubre de 2008

Rojo

Cierro la puerta mientras suspiro. La jornada se me ha alargado en el tiempo y por fin he llegado a casa. Lo primero que hago tras dejar las cosas sobre la mesa es quitarme la ropa que me aprisiona. Siempre cumplo con la misma rutina liberadora. Me encanta sentir el frío del suelo en mis pies y esa sensación de libertad.

Todas las mañanas al vestirme tengo la misma sensación de agobio. La ropa me encorseta, me aprisiona en su tela, me devora en su falso color. Quisiera poder estar desnuda todo el día y que todos estuvieran igual. Sin mentiras escondidas bajo los pliegues, sin estatus creados a base de talonario. Sería difícil al principio, pero con el tiempo nos acostumbraríamos a ver la belleza que guardamos en nuestro interior sin andar con escrúpulos infantiles. Justo entonces podríamos salir a la calle en igualdad de condiciones sin que nos violasen con la mirada cada vez que un poco de carne asoma al exterior.

Me miro al espejo y disfruto contemplando mi cuerpo. Me encuentro cansada de luchar cada día. Luchar en un trabajo asfixiante lleno de gente asfixiante. Estoy exhausta de vivir siendo quién no soy. Sólo cuando contemplo mi cuerpo frente al espejo veo mi realidad. Estoy sola frente a la única persona que se ha fijado en mí. Mi garganta se encoje mientras me dirijo a abrir el agua de la bañera.

Nuevamente en el salón enciendo el equipo estereofónico y pongo en el compacto un disco de bandas sonoras que empleo para evadirme. La música empieza a sonar por el hilo musical de la casa mientras me mezo a su ritmo. La primera canción que suena es de la banda sonora de “Feliz navidad Mr. Lawrence”, el rumor de las olas me acompaña en mi tristeza. Quisiera poder decirle a alguien que le quiero, abrazarle. Pero estoy sola.

Hace un mes que él se marchó. Decía que no había otra y que la presión a la que lo sometía por culpa de mi trabajo era insoportable, pero hoy lo vi. Fue una casualidad, pues yo nunca salgo por la mañana de la oficina. Tuve que ir a visitar a un cliente y, mientras esperaba al ascensor de su edificio, una pareja se arrimó al portal a darse arrumacos. Una sensación de alegría vino a mí al verlos y cuando él separó sus labios de los de ella mi mundo se rompió. Pensaba que aun tendría alguna oportunidad y que me perdonaría si yo cambiaba. Yo me mentía y cuando vi como la miraba supe que ya nunca volvería a mí.

Mis ojos empiezan a llorar cuando suena la “Vida es bella”. ¡Qué gran mentira! La vida no es bella, la vida es cruel. Arrastrando los pies por el pasillo llego al baño con el rostro anegado en lágrimas. Cierro el grifo mientras arrojo varias perlas de sales en la bañera. Todo está lleno de vapor. Mi piel se humedece. Abro los cajones buscando. Cuando por fin encuentro lo que quiero me introduzco en el agua.

El calor es casi insoportable pero poco a poco me introduzco hasta estar completamente sumergida. Siento como mi sangre palpita con fuerza mientras el ritmo del “último mohicano” empieza a ganar intensidad. Cierro los ojos y guío la mano derecha sobre mi brazo izquierdo. Sólo permito un pequeño gemido al sentir mi piel abriéndose. Con dificultad repito la operación en el brazo derecho.

Mañana ya no me harán falta más pastillas para poder aguantar. Mañana mi dieta y mi peso no serán importantes. Mañana no tendré que gritar a nadie. Mañana tal vez alguien me extrañe. Abro los ojos y veo como el agua se ha vuelto roja. Cierro otra vez los ojos y disfruto por última vez de Michael Nyman en “El piano”.

lunes, 20 de octubre de 2008

Sirena

Soy una sirena. Está claro que yo antes no lo sabía pero un día me dí cuenta que yo estaba predestinada a ser una sirena. Claro que antes me gustaba andar con mis compañeras, ir a jugar con ellas, correr, pero eso era antes. Yo antes era una niña normal, o eso creía y una mañana descubrí que la vida que conocía antes había desaparecido. Me había transformado en una sirena pero no lo sabía.

Yo tarde varios años en saber lo que soy y tal vez por eso estaba siempre triste. No me apetecía nunca nada. No quería ver a las que eran mis amigas, no quería salir de casa y sólo quería llorar. Ahora entiendo a los peces que están en la pecera. Siempre me parecieron animales tristes que añoran la libertad y las aguas azules y por eso se mueren: por la tristeza que sienten.

Mis padres fueron los primeros en darse cuenta que yo ya no era una niña pero tampoco me podían ayudar porque ellos no eran capaces de ver que yo era una sirena. Hasta que un día me llevaron al mar y descubrieron a la sirena que había en mí. Yo nunca había visto el mar más que en fotos o en reportajes de la televisión, tal vez por eso me asusté en cuanto me vi en la playa.

Aun hoy no tengo palabras para describir esa primera sensación, aunque sé que yo había nacido para vivir allí. En cuanto mi cuerpo se encontró en el mar empecé a sentir que me transformaba, aunque no podía ver mis aletas sabía que estaban allí. Sumergí mi cabeza en el agua y cuando la saqué nuevamente para respirar toda la tristeza que sentía desapareció. Esos pequeños recuerdos de la niña que hubo una vez en mí se diluyeron entre el vaivén de las olas. Entonces observé que el los ojos de mis padres aparecían una lágrimas de felicidad. Me estaban viendo tal y como era.

Desde ese día nuestra vida cambió y el mar, o en su defecto la piscina, no paso un día sin ir al agua y mis amigas me acompañan para verme nadar. Todas están contentas de que yo sea una sirena e incluso alguna me dijo que quería ser como yo, por suerte no somos muchas o de lo contrario no seríamos tan especiales. Lo triste es que la gente no nos ve y pasa a nuestro lado sin darse cuenta que somos seres reales y que estamos a su alrededor.

Alguna vez, en mis sueños, recuerdo a aquella niña que había en mí. Una niña que iba siempre con sus padres saltando y jugando y que un día se olvidó de ponerse el cinturón. Cuando mi cuerpo aterrizó después de haber atravesado el cristal sentí morir mis piernas. Pero lo que pasó en verdad es que me había transformado en una sirena.

domingo, 19 de octubre de 2008

Granate

La tenue luz de la habitación me deja vislumbrar mi silueta. Estoy tumbada sobre la cama y con los pies apoyados en la cabecera, me encanta ver mis pies moverse. Se que debo de parecer una demente pero es lo único que me apetece.

Debe de ser la única cosa que a estas alturas me satisface. Es triste. Sé que aunque nadie lo entienda ya estoy harta de justificaciones y explicaciones. No quiero nada más que estar sola.

Mi mente está agotada de todo, de las presiones a las que me he sometido. El trabajo, un jefe inútil, un novio infantil y más inútil todavía, a estas alturas exnovio. No puedo más, estoy muerta por dentro y mi único consuelo es estar sobre una cama desnuda y contemplando mis pies.

Creía que estaba preparada para aguantar cualquier sorpresa pero al final siempre nos sorprenden. Si no hubiera salido esta mañana a llevar unos papeles al banco nunca me habría enterado de nada. Seguiría siendo la novia perfecta y dispuesta a casi todo por él.

En la mesilla, al lado del bote de pastillas, veo el barniz granate. Sí, el granate me quedará bien. Con calma me incorporo y me dispongo a decorarme las uñas una última vez. Al finalizar me tumbo agotada y vuelvo a apoyar los pies sobre la cabecera de la cama.

Espero lentamente mientras noto como mi corazón se va ralentizando poco a poco. Nunca me había dado cuenta de lo maravilloso del cuerpo humano, justo cuando sé que no va a llegar un mañana descubro que mis pies son maravillosos.

viernes, 17 de octubre de 2008

Verde

Despacio aparto los cartones que me servían de manta. Despacio me incorporo para no molestar a los compañeros que tengo alrededor mientras voy hacia el cubo que tenemos en el rincón. Despacio intento no salpicar y suplico porque no desborde una vez más. Observo como todos se levantan como zombies sin alma, asustados cuando escuchan el cerrojo de la puerta descorrerse.

Despacio avanzamos hacia la luz que se abre ante nosotros con la misma ropa que usamos día tras día. Hace tiempo que dejamos de oler, hace tiempo que dejamos de protestar, hace tiempo que sólo sobrevivimos.

Una escudilla llena de una masa informe es nuestro sustento diario mientras a los últimos los sacan a empujones. No hay palabras, sólo sonidos. Otra vez sacan a uno arrastras por los pies. Despacio dirigimos la mirada hacia otro lado cuando pasan a nuestro alrededor y lo introducen en una hormigonera. Masticamos nuestro miedo. Hubo un tiempo en el que grité y protesté pidiendo dignidad.

Un silbido. Despacio avanzamos hacia la camioneta formado una hilera silenciosa, sólo rota por el golpear de las escudillas al resbalar de las manos contra el suelo. Uno a uno vamos entrando a la oscuridad y nos acuclillamos, despacio, en silencio. No somos sardinas, ellas tienen libertad, somos la carnada. El motor arranca y nos movemos.

Al cabo de un rato nos detenemos y la luz nos golpea cada vez que se abre el portón. De cada vez uno se baja, despacio, en silencio y nos movemos ocupando ese espacio que quedó. Cuando al fin llega mi hora salgo al exterior mientras agarro el cartón que me alzan.

Ante mí aparece un niño que me indica que le siga. No me fijo en él, son todos iguales, como nosotros. Avanzamos despacio por la calle, nadando entre la multitud hacia nuestro lugar. Cuando por fin lo alcanzamos me siento en la fría calle y lo cojo en brazos. Ante nosotros sitúo el cartón mientras el niño empieza a gemir. Dirijo despacio la mirada al cielo y recuerdo.

Recuerdo que una vez mis pies descalzos corrían por la hierba mientras la alegría desbordaba mi interior al cruzar el mar verde de la jungla.

jueves, 16 de octubre de 2008

Azul

Un día más abro los ojos. El Sol me recibe un día más con un espectáculo de luz y calor. Es maravilloso levantarse los días de Sol, hace que el dolor de huesos sea más leve y le alegra a uno el corazón. Lentamente me incorporo. El paso de los años es cruel cuando uno se acerca al ocaso de la vida pero si uno no se mueve es peor.

Con dolor me dirijo hacia el baño para asearme. Los buenos hábitos nunca hay que perderlos. Tras orinar y lavarme a conciencia procedo a afeitarme. Aun añoro el sonido de sus zapatillas al aparecer tras de mí para darme un beso, sus abrazos, su olor… Una lágrima aflora en mis ojos mientras me agarro al recuerdo de su cara. Una cara que vi durante más de 50 años. El corazón se me encoje cuando pienso en como me dejó pero le prometí que viviría hasta que pudiéramos volver a estar juntos. Le prometí que sería feliz hasta que mis labios volvieran a posarse en los suyos, pero la espera es tan larga…

Observo mis manos aguantándome erguido frente al lavabo y sigo afeitándome mientras pienso en el día tan maravilloso que me espera. Cuando acabo ahueco mis manos para que el agua acabe de limpiar los restos de la espuma. No hay nada como un chorro de agua bien fría en la cara para decirle a uno que está vivo. Miro fijamente al espejo y por unos instantes me olvido de lo que estoy viendo y me imagino cuando el mundo era mío, cuando era nuestro. Las canas que aun quedan en mi cuero cabelludo desaparecen y todo se vuelve negro. Los rizos que tantas miradas de soslayo levanté en las mujeres aun están ahí y sonrío.

Lentamente vuelvo a la habitación. La luz del Sol ha calentado lo suficiente el suelo como para que mis pies lo agradezcan mientras busco la ropa que me voy a poner. Es preciso que cada día uno se arregle como si alguien importante lo fuera a ver, así uno se encuentra mejor consigo mismo. En eso un hombre lo tiene más fácil, pero pese a todo, la ropa tiene que estar impecablemente planchada.

Antes me lo hacía ella, pero a raíz de que empezó a enfermar fui aprendiendo todas las tareas que antes me parecían imposibles. No es que no le dejara hacerlas, no. Cada día, antes de acostarnos, ella se levantaba y cuidadosamente me planchaba como buenamente podía la ropa del día siguiente. Nunca se lo dije, pero cuando ella se acostaba me levantaba para planchar la ropa que ella había intentado alisar entre temblores para que cada mañana me viera perfecto. La quería tanto… vaya, hoy estoy melancólico.

Agarrándome al brazo del sofá me siento para que mi corazón se desahogue. Miró tras la ventana y observo un maravilloso cielo azul con un enorme Sol en medio. Antes usaba el truco de mirar al Sol para esconder las lágrimas que pocas veces me afloraban, hoy son las lágrimas las que hacen que el Sol se difumine con el azul del cielo. Un suspiro brota con fuerza desde mi interior mientras siento unos labios en mi mejilla. Lentamente me giro y la veo frente a mí…

miércoles, 15 de octubre de 2008

Añil


No puedo más, la odio con todas mis fuerzas. Mi corazón era suyo y después de destrozarlo lo pisoteó. Yo la quería y no puedo imaginar mi vida sin ella. Todos estos años juntos se han esfumado por culpa de él. Los dos teníamos un futuro, yo quería tener hijos. Ella era mía y de nadie más.

Todo era perfecto y vino él con sus ideas de que no era libre y que no podía consentir mis arrebatos y se la llevó. Todas esas mentiras consiguieron alejarla de mí. Tal vez no tendría que haberle pegado con tanta fuerza. Sigo sin creer que yo le hubiera hecho tanto daño. Seguro que le dijo a su amiguito que le golpease para luego decirle al forense que fui yo. Yo nunca le haría tanto daño de no ser por él. Si pudiera lo mataría y a ella también.

Ahora se ha ido. Debieron de aprovechar que me tenían retenidos esos estúpidos policías para vaciarme la casa. Se ha llevado mis cosas: la ropa que le compré con mi dinero, mis maletas, mis fotos,… todo me había costado mucho dinero y tiempo. ¡Eran mis cosas!

Y me deja esta estúpida carta. No quise ni leerla. Seguro que sólo eran más mentiras. Lo peor es que también me han despedido del trabajo porque dicen que mi ira asusta a los clientes y que no puedo pegar a nadie. ¡Él me provocó!

Todos están en mi contra, todos me odian, pero yo la quiero. Sé que con esto ella volverá. Le gustan los dramas y yo le voy a dar uno. He escrito una carta donde me despido de ella y le pido perdón. Le digo todas esas cosas que ella quiere oír de que la culpa era mía, de que tenía que haberla respetado y que ella es mi único amor… eso último es verdad.

He asegurado la cuerda en el gancho de la lámpara e hice una llamada a la policía diciéndoles lo que iba a hacer. Me tuve que aguantar la risa cuando se puso al teléfono esa inútil. Ahora dejan que cualquier cosa con bragas pueda ser policía y se creen que tienen poder. Como esa jueza que me dijo que no me podía acercar a mi mujer. Pero son mujeres y son fáciles de engañar.

Dejé el teléfono descolgado para que me localicen y les doy unos minutos. Ahora me toca actuar. Me paso la soga por el cuello y pruebo como sería. Flexiono las rodillas y el nudo empieza a apretarme cortándome la respiración. Mi cara empieza a cambiar de color. Me veo a través del espejo que tengo enfrente. Desde luego hay que ser estúpido en hacer esto pero si así viene cualquier cosa vale. Cuando no puedo aguantar más me incorporo y aflojo la soga, aun no me ha dejado marca.

Nuevamente repito la operación. Esta vez flexiono las rodillas un poco más. La cuerda empieza a hacerme daño en la piel pero yo aguanto mientras mi cara vuelve a congestionarse. Primero roja y poco a poco un color violeta. Cuando no aguanto más intento levantarme pero mis pies resbalan. ¡Joder! Intento aguantarme con las manos mientras busco la silla con mis pies. Al otro lado del espejo un hombre asustado me devuelve la mirada mientras su cara empieza a volverse añil. Quiero aire, quiero vivir… Antes de perder el conocimiento completamente esa cara añil tuerce su boca en un gesto de burla mientras que me miento pensando que tal vez la policía llegue a tiempo.